miércoles, 10 de junio de 2026

la Cereza del Saber

<<La cereza del Saber>>
Cuando un examen vas hacer, 
con nervios vas a estar, recordar siempre deberás. 
Estudia un poco cada día,  
como quien riega una alegre maceta.  
Si el lápiz duda, tú confía:  
la respuesta está en tu cabeza bien sujeta.  
No le temas al problema, ni al examen con su ruido.  
Tú ya llevas dentro el tema: solo sácalo del olvido.  
Y si fallas, no hay tormento, solo un chiste  
de momento.  
¡Tú puedes más que el papel!  
Y si no,...... te comes la cereza del pastel.

lunes, 1 de junio de 2026

El Rey Dormilon


El Rey Dormilon

En un reino no muy lejano había un rey llamado Dormilón I, señor absoluto del castillo de Siesta profunda, un lugar tan tranquilo que hasta las telarañas parecían colgar con sueño.

Pero últimamente el rey tenía un gran problema, un terrible problema, un problema espeluznante para el rey de Sueño profundo.

El rey no podía dormir!!!!

Por las noches caminaba por los pasillos con sus pantuflas de terciopelo, suspirando, bostezando, pero nada tenia éxito y  así pasaba toda la noche mirando la luna con ojos cansados, sin poder dormir.

Había probado leche tibia.

Había probado música suave.

Había probado contar estrellas.

Incluso intentó contar cucharas y cucarachas.

Pero nada funcionaba.

Así que una noche, cuando sus ojeras parecían dos pequeñas hamacas moradas, hizo sonar su campana dorada y convocó a las tres personas más ingeniosas del reino:

La inventora,
la matemática
y el filósofo.

Los tres llegaron en medio de la noche envueltos en mantas, porque hacía un frío suave y soñoliento, ese que siente cuando no quieres dejar la cama y siente como te atrae a su lecho.

—Necesito ayuda —murmuró el rey mientras se acomodaba en su enorme sillón acolchado—. Quiero un cuento tan absurdo… tan tranquilo… tan bostezable… que me haga dormir.

Estos tres personajes que acudieron al llamado del rey, aunque tenían sueño, se pusieron a trabajar para logar la encomienda de su rey.

La inventora fue la primera en acercarse.

Traía una almohada con patas diminutas.

—Majestad —dijo orgullosa—, esta almohada corre en círculos hasta cansar los pensamientos.

La almohada comenzó a trotar despacito por la habitación.

Tap… tap… tap…

Luego más lento.

Tap…taap…taaaap…

El rey soltó una pequeña risa adormilada.


Pero de pronto la almohada dio un salto, atravesó la ventana y desapareció en la noche.

A lo lejos todavía se escuchaba:

tap…tap…tap…

El rey rio un poco más.

Después bostezó.

Un bostezo pequeño.

La matemática avanzó entonces con una pizarra negra.

Acomodó sus gafas y escribió lentamente:

“Risa + bostezo = sueño profundo”.


El rey leyó la fórmula.

La volvió a leer.

Y mientras la observaba…

le dio hipo.

—Hip…hip…hip…

La matemática intentó corregir la ecuación.

Pero ahora ella también bostezaba, lo que no ayudaba porque era media noche y también tenia sueño.

—Tal vez… hip… sobra un número… hip…

El rey empezó a reír otra vez.

Pero esta vez era una risa lenta.

Pesada.

Como una manta calentita.

Entonces apareció el último el filósofo.

Caminaba despacio. Tan despacio… que parecía que sus sandalias tenían sueño, cada paso era un bostezo, ¡GUAAAAHHH!!!.

Se acercó al rey y habló casi en un susurro:

—Majestad… cierre los ojos un momento, respire profundo…— dijo el filosofo con voz y profunda.


El rey obedeció y todos en la sala hicieron lo mismo.

La habitación quedó silenciosa.

Muy silenciosa.

Tan silenciosa… que hasta las velas parecían parpadear con sueño.

—Ahora imagine —continuó el filósofo—… una colina suave, una bisa tranquila fresca, el pasto se mueve suave… cubierta de ovejas tranquilas…

El rey respiró lento, los demás hicieron lo mismo.

—Una oveja dice: “Una oveja…” continuó el filosofo.

Otra oveja responde: “Dos ovejas…”

Y entonces aparece la tercera oveja…

Pero la tercera oveja es muy torpe.

Tan torpe…

tan dormilona…

que tropieza con el número tres.

Y el tres…

se convierte en un tres de madera.


El rey soltó una carcajada, suave, tranquila seguida de un bostezo.

La corona se le torció hacia una ceja.

—¿Un… tres… de madera? —preguntó entre risas.

—Sí… —susurró el filósofo—… un tres de madera muy confundido…

El rey volvió a reír.

Pero ahora su risa se mezclaba con bostezos largos, lentos y muy pesados.

—El tres de madera intentó seguir contando ovejas… pero empezó a cantar rancheras…

Muy despacito…

Y como cantaba horrible…

las ovejas le pusieron un calcetín en la boca.

El rey ya casi no podía mantener abiertos los ojos.

—¿Y… luego…? —murmuró.

El filósofo sonrió. Y bajó aún más la voz.

—Cuando el calcetín tapó al tres de madera…

todas las ovejas bostezaron al mismo tiempo…

Una oveja bostezó.

Otra oveja bostezó.

Incluso el viento bostezó entre las ventanas del castillo.

Boooooostezo…

El rey sintió los párpados pesados, muy pesados, si algo no podìa en ese momento era mantener los ojos abiertos.

Como si estuvieran hechos de almohadas tibias.

—Y el tres de madera… con un sombrero torcido… y el calcetín en la boca… comenzó a quedarse dormido…

Primero cabeceó.

Luego suspiró.

Después roncó bajito:

—Tresss…tresss…….tressssss…….

El rey intentó reír una vez más.

Pero el bostezo fue más fuerte.

Mucho más fuerte.

Y antes de escuchar el final de la historia…

el rey Dormilón I y todos los presentes estaban profundamente dormidos.

Dormían con una sonrisa pequeña.

El rey con la corona torcida y con un ronquido suave que parecía decir:

—Tres…   tres…  tressssss…

Al finalizar el relato, todos en la sala dormían, incluso hasta el filosofo que al terminar el cuento cayo dormido con el resto del sequito del rey.

Sin un solo ruido en el castillo de Siesta Lejana, hasta las estrellas parecían bostezar suavemente sobre las torres dormidas.

Desde entonces, cuando alguien no puede dormir, se cuenta a sí mismo historias de ovejas torpes…

de números de madera…

y de bostezos lentos que flotan como nubecitas tibias en la oscuridad.

Y si no se quedan dormidos antes del final…

es porque ya están soñando.

Feliz noche!


viernes, 1 de mayo de 2026

Helena, Sophía y el Robot de Papá




Helena y Sophía eran hermanas, pero no cualquier tipo de hermanas. No, ellas eran las reinas de las travesuras, las campeonas de las ideas más descabelladas y las científicas oficiales del desastre.

Vivían en una casa llena de cachivaches, tuercas, cables sueltos y extraños dispositivos que su papá, un inventor de tiempo completo, creaba en su laboratorio del sótano.

Un día, mientras papá y mamá estaban fuera comprando más repuestos y algo de comida, Helena bajo al laboratorio dónde junto con Sophía pasaban el rato haciendo lo que más le gustaba, explorar o más bien cucurutear entre libro y cachivaches, de repente en una esquina  vio algo distinto, algo que no había visto la última vez que bajo; una enorme sabana cubría algo que no sabía que era.


SOPHIIIAAAAAAA —¡Mira esto! —gritó emocionada, antes de tirar de la tela.
Y como por arte de magia Sophía apareció a su lado, - me llamaste- .

Cuando Helena giro para decirle, vio como sus ojos se abrían como dos grandes platos, como si se fueran a salir. – WOW! – Helena esto cuando apareció?.

No sé pero la última vez q baje no estaba. – Sera que papá lo construyo ayer. Dijo Helena.

Seguramente dijo Sophía – Anoche se quedo hasta tarde trabajado y se escucharon ruidos de martillo, lo recuerdas.

Bueno y que esperamos veamos que es. Dijo Helena.




Eso es lo que exactamente me estoy preguntando dijo Sophía.

Cuando vieron un letrero gigante que decía:

PARA HELENA Y SOPHIA. "NO TOCAR. NO ESTÁ TERMINADO. NO EN SERIO, NO LO TOQUEN " – mas que una nota era una advertencia.
Las hermanas se miraron con esa mirada de complicidad que solo ellas pueden entender. —Esto es básicamente una invitación a tocarlo —dijo Helena con una sonrisa picara.

—Absolutamente —asintió Sophía respondiendo a la sonrisa de Helena.
Así que ambas tomaron la sabana por puntas diferentes y tiraron de ella.
cuando por fin descubrieron y vieron lo que había debajo, sus ojos parecían que iban a saltar de las cuencas, la sonrisa que se dibujo en su cara fue tan grande que iba de oreja a oreja. Al unisonó solo se escuchó un ¡WOWWWWWW! 
Bajo la sábana apareció un robot brillante con brazos articulados, ojos que parecían cámaras y una antena en la cabeza. En su pecho tenía un botón rojo gigante con un letrero que decía: Prende aquí.

Pero con otra nota abajo que decía “HELENA, SOPHIA, no lo vayan aprender”.
Y, sin más preámbulos, las hermanas juntaron sus manos y con un movimiento rápido   presionaron el botón rojo.




¡BIP BIP BIP!
El robot se sacudió, luces de colores parpadearon por todo su cuerpo y su antena comenzó a girar como un helicóptero, detrás salió un vapor frío. De repente, una voz metálica retumbó por el taller:

—¡MODO AYUDA ACTIVADO! INSTRUCCIONES REQUERIDAS.

Helena y Sophía se quedaron boquiabiertas, mientras sus ojo volvian a brillar de la emoción.

—¡Hola, robot! —dijo Helena—. ¿Cómo te llamas?

—YO SOY… PROTOTIPO EXPERIMENTAL DE ASISTENTE DOMÉSTICO… NOMBRE NO ASIGNADO… PROCESANDO… NOMBRE DETECTADO EN REGISTROS: “EL GRAN CHUNCHULÍN”.

—¡JAJAJAJAJA! —gritó Sophía—. ¡Papá le puso Chunchulín!

—Un nombre elegante para un robot elegante —dijo Helena, poniéndose seria—. Chunchulín, ¿qué puedes hacer?

El robot analizó la pregunta y, tras un segundo de silencio, respondió:

—PUEDO REALIZAR TAREAS DOMÉSTICAS, COCINAR, ORGANIZAR, AYUDAR EN EL ESTUDIO Y… PROCESANDO… ERROR EN EL SISTEMA… ERROR EN EL SISTEMA.- Sophía con algo de conocimiento en mecánica le dio una fuerte palmada en el brazo. -  a lo que el robot continuo- HABILIDADES ADICIONALES DESBLOQUEADAS: BAILE DE ROBOT, RAP IMPROVISADO Y LANZAMIENTO DE TORTILLAS.

Las hermanas intercambiaron miradas emocionadas.

—¡Chunchulín, haz un rap! —ordenó Sophía.

El robot hizo una pausa, sus luces parpadearon y, de repente, comenzó a moverse rítmicamente.




—YO SOY CHUNCHULÍN, EL ROBOT MÁS GENIAL,
EN LA CASA DE PAPÁ, NO HAY NADIE IGUAL.
LIMPIO, COCINO Y HAGO MAGIA EN EL HOGAR,
PERO OPRIMIERON MI BOTÓN… ¡AHORA NO PUEDO PARAR!

Helena y Sophía saltaron de la emoción.

—¡Esto es lo mejor que hemos encontrado en toda la semana! —gritó Helena.

Pero entonces Helena tuvo otra idea.

—¡Chunchulín! ¿Puedes ayudarnos con la tarea?

El robot se quedó en silencio un segundo.

—ANALIZANDO… ACTIVANDO MODO ESTUDIO EXTREMO.

De repente, unas pequeñas pantallas se desplegaron desde sus brazos, y un proyector iluminó toda la pared.

—TEMA DETECTADO: MATEMÁTICAS.

Sin previo aviso, empezó a lanzar ecuaciones por toda la habitación, como si fueran fuegos artificiales.

—¡7 POR 8! ¡56!

—¡9 POR 6! ¡54!

—¡12 POR 12! ¡144!

—¡OK, OK, YA ENTENDIMOS! —gritó Helena tapándose los oídos.

Pero el robot no paraba.

—¡EXAMEN SORPRESA ACTIVADO!

De pronto, el piso comenzó a moverse… ¡como una caminadora!

—¡RESPONDAN CORRECTAMENTE O AUMENTARÁ LA VELOCIDAD!

—¡¿QUÉ?! —gritó Sophía mientras intentaba no caerse.

—¡8 POR 7! —dijo el robot.

—¡56! —gritaron ambas.

El piso se detuvo.

Silencio.

—RESPUESTA CORRECTA… PERO LENTA.

El piso volvió a acelerarse.




—¡NOOOOOOO!- cancela el modo tarea.
-- ESPERA! Dijo Sophía.
—¡Dijiste que también podías lanzar tortillas! —exclamó Sophía.

—ACTIVANDO MODO "LANZADOR DE TORTILLAS".

Las manos de Chunchulín se abrieron, y, de alguna forma inexplicable, comenzaron a salir tortillas volando por toda el laboratorio como si fueran frisbees.

—¡Esto es increíble! —Sophía atrapó una con la boca.
- Pero cuando voltearon el laboratorio era un desastre.

Papá nos va acabar- se dijeron las niñas. Tenemos que limpiar todo antes que llegue papá.
Pero entonces, el robot comenzó a actuar de forma extraña. Sus luces parpadearon más rápido, su antena chisporroteó y, de repente, anunció con su voz metálica:

—¡MODO MEGA LIMPIEZA ACTIVADO! ¡LIMPIEZA TOTAL EN 3, 2, 1!

Antes de que pudieran reaccionar, Chunchulín empezó a succionar todo lo que encontraba. Primero se llevó los cojines de un sofá, luego un zapato de Helena, papeles volando por todos, lados, el robot salió rumbo al primer piso.
—¡DETÉNTE, CHUNCHULÍN! —gritó Helena.
Siguo aspirando mientras cantaba su canción PERO OPRIMIERON MI BOTÓN… ¡AHORA NO PUEDO PARAR!
aspiro un cuaderno, de Helena y unas hojas de las tareas de Sophía (excelente – pensó la Sophía) – Sigue creyendo dijo Helena sin que se hermana le dijera lo que estaba pensando. -Isa te va a dejar más tareas-.

Sophía bajo la mirada resignándose por las tareas adicionales que le iban a dejar.

Un par de peluches se perdieron el aspiradora de Chunchulín.
—¡CANCELA EL MODO MEGA LIMPIEZA! —exclamó Sophía.

Pero Chunchulín no escuchaba por el ruido de la aspiradora. Seguía aspirando como si su vida dependiera de ello. De repente, puso su ojo robótico en el objeto más grande de la sala: el sofá entero.

—OBJETIVO DETECTADO. PROCESANDO LIMPIEZA PROFUNDA.

—¡No, no, no, no, no! —gritaron las hermanas al mismo tiempo.

Con un zumbido poderoso, Chunchulín activó su sistema de ultra-succión y, en un segundo, el sofá fue absorbido dentro de su compartimiento interno.

—¡HECHO! —dijo el robot con satisfacción.

Las hermanas se quedaron en silencio. Luego se miraron. Luego miraron al robot.

—Estamos acabadas —dijo Helena.

—Papá nos va a convertir en pollo frito —añadió Sophía.

Pero seguramente mamá lo va a regañar por andar haciendo robot que pueden destruir la casa. – Dijo Helena. – igual estamos acabadas.
En ese preciso momento, se escuchó la puerta principal abriéndose.

—¡Chicas, ya llegamos! —dijo la voz de su mamá.

Helena y Sophía entraron en pánico.

—¡Rápido, hay que arreglar esto! —susurró Helena.

—¡Chunchulín, saca el sofá! —ordenó Sophía.

—PROCESANDO SOLICITUD… ERROR… OBJETO DEMASIADO GRANDE… INICIANDO PROCESO DE DESTRUCCIÓN.




—¡¿QUÉ?! —gritaron ambas.

El papá de las niñas entró al sala justo a tiempo para ver cómo su preciado sofá comenzaba a salir por la parte trasera de Chunchulín… en forma de pequeños cubitos perfectamente empaquetados.

Hubo un largo, largo silencio.

Finalmente, su papá se llevó la mano a la cara y suspiró.

—No quiero saber cómo pasó esto —dijo con resignación—. ¿Pero pueden explicarme por qué mi robot está bailando mientras me lanza tortillas?

Chunchulín, sin perder el ritmo, levantó un brazo y proclamó:

—YO SOY CHUNCHULÍN, EL ROBOT SIN IGUAL,
PAPÁ NO TE ENOJES, SOLO QUIERO AYUDAR.
LIMPIO Y ORGANIZO CON GRAN PRECISIÓN,
¡PERO AYER ERA UN PROTOTIPO Y HOY SOY UN CAMPEÓN!
OPRIMIERON MI BOTÓN… ¡AHORA NO PUEDO PARAR!

El papá cerró los ojos y respiró hondo.
Eso pasa por andar construyendo cosas raras. Dijo mamá- aunque ya era hora de cambiar de sofá.
—Voy a contar hasta diez… y cuando los abra, quiero que este robot haya dejado de rapear. Dijo papá pensando que se venia una semana larga por la compra de varias cosas que ahora le hacían falta a la casa.

Helena y Sophía se miraron con una sonrisita.

—¿Y si mejor le enseñamos a bailar salsa?



Papá las miro con una mirada seria pero no pudo soportar la risa la cual se expandió en la casa y mientras los 4 reían a carcajadas, el robot se apago solo diciendo –Error en la batería-.

Y la paz volvió a la casa, mientras papá, mamá y las niñas seguían riéndose sin parar.

 

 



domingo, 29 de marzo de 2026

Helena, Sophía y el sueño del unicornio


Era otra noche normal… o no tan normal.
Hacía un calor fuera de lo común cuando Alexa sonó:
—Hora de dormir.
Helena y Sophía empezaban su rutina nocturna, no sin antes armar un ligero safarrancho, como todas las noches. Pero no sabían que esa noche sería diferente… algo extraño estaba a punto de ocurrir.
No había monstruos bajo la cama.
No había ruidos misteriosos en el clóset.
No había tormentas ni sombras raras.
Solo hacía mucho calor…
Pero había algo mucho más peligroso.
—¡Vamos a escribir un cuento! —dijo Helena, con los ojos brillantes y una sonrisa de oreja a oreja.
Sophía, que ya estaba acomodándose con su manta y la almohada que había traído del cuarto de sus papás, abrió un ojo entre la incredulidad y la emoción.
—¿Un cuento… ahora? ¿Para dormir?
—¡Exacto! Aprovechemos que papá no está y hagamos uno nosotras —respondió Helena—. Si lo escribimos bien… ¡nos dará sueño!
—Aunque yo ya tengo —murmuró Sophía, sintiendo cómo la emoción le aceleraba un poco el corazón—. Oye… y al final se lo leemos a papá y mamá para que se duerman ellos.
Pero Helena ya estaba sentada con un cuaderno enorme, un lápiz y una sonrisa sospechosamente creativa.
—El cuento será de fantasía —anunció—. Con magia, dragones, castillos…
—Y comida —interrumpió Sophía—. Mucha comida.
—Está bien… pero primero necesitamos un personaje principal y un título.
Sophía levantó la mano con entusiasmo.
—Yo propongo un unicornio… que tenga hambre todo el tiempo. Y lo podemos llamar el unicornio de la barriga infinita.
Helena soltó una sonrisa cómplice y empezó a escribir:
“Había una vez un unicornio…”
—¡No! —interrumpió Sophía, olvidando por completo que tenía sueño—. No puede ser normal. ¿Qué tal… un unicornio con hipo?
Helena frunció el ceño.
—¿Con hipo?
—Sí. Cada vez que hace “hip”, aparece algo mágico.
Helena lo pensó un segundo… y sonrió.
—Eso es brillante.
Escribió rápidamente:
“Había una vez un unicornio con hipo mágico. Cada vez que hacía ‘hip’, aparecía algo inesperado.”
—¿Como qué? —preguntó Sophía, emocionada.
—Tú decides. Es tu personaje —dijo Helena mientras escribía sin parar.
Sophía pensó profundamente.
—Esto se está saliendo de control… —murmuró Helena.
De repente, se escuchó un pequeño sonido:
—Hip.
Ambas se quedaron quietas.
—¿Escuchaste eso? —susurró Helena.
—No fui yo… creo —respondió Sophía.
Silencio.
Y entonces…
¡POF!
En medio de la habitación apareció un pequeño unicornio que se acomodaba lentamente.
—Okeyyyy… —dijo Helena—. Esto… es nuevo.
Sophía sonrió.
—Creo que el cuento nos está escuchando.
—Esto es increíble —dijo Helena—. ¡Sigamos escribiendo!
Volvió al cuaderno, ahora mucho más emocionada.
—El unicornio vive en un castillo flotante…
—¡Hecho de gelatina! —agregó Sophía.
Helena escribió, y en la habitación comenzaron a aparecer, con cada “hip” del unicornio, los elementos del cuento.
Cuando vieron formarse el castillo de gelatina, se miraron preocupadas.
—¿Y si se derrite y ensucia todo el cuarto? —susurró Sophía.
—Las consecuencias serían graves… —respondió Helena.
Se miraron… y luego rieron con complicidad.
—Esperemos que no —dijeron al mismo tiempo.
—Y tiene un mejor amigo… —continuó Helena.
—Un dragón… pero que le tiene miedo al fuego —dijo Sophía, cada vez más emocionada.
—¿Cómo puede tener miedo al fuego si es un dragón? —preguntó Helena.
—Porque una vez se quemó haciendo tostadas —respondió Sophía con total seriedad.
Helena no pudo evitar reír.
—Eso es… muy específico.
En ese momento:
—Hip… ¡POF!
Apareció un pequeño dragón volando por toda la habitación. Jadeaba mientras intentaba mantenerse en el aire, con una barriga claramente producto de demasiadas tostadas.
—¡Oye! —Sophía se tiró de la risa al verlo.
—¡Funciona! ¡El cuento funciona! —dijeron ambas, emocionadas.
Helena empezó a reír también.
—Ok… este es oficialmente el mejor cuento del mundo.
Siguieron escribiendo más rápido.
“El unicornio con hipo mágico y su amigo el dragón que teme al fuego vivían en un castillo de gelatina, donde…”
—¡Donde los pollos con sombrero eran los guardias! —añadió Sophía.
—Esto se está saliendo de control —dijo Helena.
—Y necesitamos un villano —continuó Sophía.
Helena levantó la mirada.
Sophía pensó… mucho… demasiado.
Se hizo un silencio… aterrador.
Helena tomó la linterna, iluminó su cara como en una historia de miedo y dijo:
—Un… ¡zapato gigante malvado!
—Eso es raro, Helena —dijo Sophía.
—Por eso es fantasía —respondió ella, mientras escribía.
“Un zapato gigante malvado quería robar la magia del unicornio…”
—Hip… ¡POF!
Apareció un zapato enorme en la esquina del cuarto.
Ambas niñas lo miraron.
El zapato… también parecía mirarlas.
—No me gusta —dijo Helena.
—A mí tampoco —susurró Sophía.
El zapato dio un pequeño salto.
—Ok, definitivamente no me gusta —añadió Helena.
—¡Sigue escribiendo! —dijo Sophía—. ¡Tenemos que terminar el cuento!
Helena escribió rápidamente:
“El unicornio decidió usar su hipo mágico para salvar el reino…”
—¡Y hacer desaparecer al zapato! —añadió Sophía.Helena, Sophía y el sueño del unicornio
—Hip… ¡POF!
El zapato desapareció.
Silencio.
Ambas respiraron aliviadas.
—Escribamos el final —dijo Sophía, bostezando.
Helena asintió. Sus ojos también comenzaban a cerrarse.
Escribió lentamente:
“Después de una gran aventura, el unicornio aprendió a controlar su hipo…”
—Eso es importante —murmuró Sophía.
“Y todos en el castillo de gelatina vivieron felices…”
—Y con comida —añadió Sophía.
“Y con mucha comida deliciosa.”
Sophía sonrió, satisfecha.
—Ahora sí.
—Falta algo —dijo Helena con voz suave.
—¿Qué?
Helena escribió la última línea:
“Y mientras el reino dormía tranquilo… Helena y Sophía también se quedaron profundamente dormidas.”
Ambas se miraron.
—Eso fue lindo —dijo Sophía.
—Sí —respondió Helena.
En ese momento:
—Hip… ¡POF!
Aparecieron dos mantas suaves que se acomodaron solas sobre ellas.
—Ok… eso sí me gusta —susurró Sophía.
El pequeño unicornio se acercó a las hermanas, hizo una reverencia y, con un último “hip”… desapareció, llevándose consigo al dragón, los pollos con sombrero y el castillo de gelatina.
El cuarto volvió a la calma. Todo estaba como antes.
Helena cerró el cuaderno.
—Mañana lo leemos otra vez —dijo, medio dormida.
—Sí… pero sin el zapato —murmuró Sophía.
—Definitivamente sin el zapato…
Y así, entre risas suaves, magia absurda y un cuento que parecía escribirse solo…
Helena y Sophía se quedaron dormidas.
Y, quién sabe…
tal vez en sus sueños, el unicornio todavía tenía un poco de hipo.
 
Epílogo
Al despertar, el pequeño unicornio miró por la ventana… pensativo.
—Qué sueño tan extraño —murmuró.
Y justo en ese momento…
—Hip.




miércoles, 21 de enero de 2026

El ciempiés que tenía un solo zapato


Hajime y Hele Urbiña

En lo profundo del Bosque Susurrante, donde el aire olía a hojas frescas y la luz del sol se filtraba suavemente entre las copas de los árboles, se escuchaban el crujir de las ramas y el canto de los grillos. Allí vivía Cinio, un ciempiés alegre y curioso que tenía una característica muy peculiar: siempre veía el lado bueno de las cosas y, además, solo tenía un zapato.

Pero no era cualquier zapato: era rojo, brillante y hacía clic-clac cada vez que caminaba, mezclándose de manera armoniosa con los sonidos del bosque.

Los otros insectos siempre se preguntaban lo mismo:

—¿Cómo hace un ciempiés para vivir con un solo zapato? —decía la hormiga Armanda.

—¡Debe ser incomodísimo! —añadía la mariquita Lili.

Pero Cinio no se complicaba la vida. Todas las mañanas inventaba un juego diferente para decidir qué pie usaría ese día su zapato rojo.

A veces lanzaba una piedrita al aire y luego contaba sus pies hasta el lugar donde caía; ese era el elegido. Otras veces cerraba los ojos y decía en voz alta:

—¡Eeny, meeny, miny… pie!

En ocasiones hacía girar una hoja seca como si fuera una ruleta, y el pie que quedaba más cerca era el ganador. Otros días esperaba que una ráfaga de viento le hiciera cosquillas en algún pie en especial.

Un día era el pie 32, otro el 77, a veces el 1 solo para variar. Para Cinio, aquello no era un problema, sino una aventura diaria llena de risas y creatividad.

Mientras caminaba por los senderos del bosque que tanto le gustaban, sonaba su alegre clic-clac, clic-clac, como una música feliz que alegraba todo a su paso.

Un día, el escarabajo Ricardo, motivado por la curiosidad de los demás insectos del bosque, decidió hablar con él.

—¡Cinio! Me llamo Ricardo. Desde hace mucho tiempo quiero preguntarte algo… ¿por qué no compras los otros 99 zapatos? ¡Sería lo lógico!

Cinio sonrió con calma y respondió:

—Porque no los necesito, Ricardo. Con uno me basta. ¡Mira todo lo que puedo hacer!

Entonces Cinio comenzó a bailar. Saltó, giró, avanzó en zigzag e hizo una voltereta. Su zapato rojo brilló como un faro en medio del bosque.

Todos rieron, y algunos empezaron a bailar para acompañarlo. Era imposible no contagiarse.

—Vaya —dijo Ricardo—, es cierto que marcas un ritmo muy pegajoso. ¿Irás este año al Gran Desfile?

—¡Claro que sí! —respondió Cinio—. No me lo perdería por nada del mundo; es mi día favorito.

Llegó el gran día: el Gran Desfile de los Insectos, donde cada uno mostraba sus mejores galas. Las hormigas marchaban en fila, las mariposas desplegaban sus alas brillantes y coloridas, y los grillos tocaban música.

Y Cinio, por supuesto, apareció con su único zapato rojo.

Al verlo, algunos insectos se burlaron:

—¿En serio va a participar con un solo zapato? —¡Pareces incompleto! —¡Un ciempiés descalzo!

Pero cuando el desfile comenzó, ocurrió algo inesperado.

Ese año todos querían destacar más de lo normal. Las hormigas marchaban demasiado rápido para verse importantes, los grillos tocaban cada uno a su propio ritmo y la orquesta sonaba desafinada. Las mariposas batían las alas con tanta fuerza que levantaron nubes de polvo y hojas secas.

El caos creció: los sonidos se mezclaron en un gran alboroto, las filas se rompieron y los insectos comenzaron a chocar unos con otros.


En medio de todo ese desorden, Cinio empezó a caminar con su ritmo inconfundible:

clic-clac, clic-clac, clic-clac…

Ese sonido se elevó por encima del caos y marcó un compás perfecto. Como en otras ocasiones, los demás insectos comenzaron a seguirlo. Los grillos se ajustaron, las hormigas retomaron la fila y hasta las mariposas comenzaron a moverse siguiendo aquel ritmo divertido.

El desfile se salvó gracias al paso sencillo y alegre del ciempiés con un solo zapato.

Cuando todo terminó, los aplausos llenaron el bosque.

—Cinio, tu zapato es único —dijo la mariquita Lili.

—Y tú también —agregó Ricardo.

Cinio respondió riendo:

—A veces no hace falta tenerlo todo. Con lo necesario basta para disfrutar la vida.

Desde aquel día, cada vez que se escuchaba un clic-clac en el bosque, todos recordaban la misma enseñanza:

Las cosas simples pueden ser las más valiosas.


jueves, 4 de diciembre de 2025

LA ESTRELLA PERDIDA



La Estrella Perdida

Por Hajime

La primera noche de navidad donde todos los paisajes parecen sacados de un cuento y las calles empezaban a oler a galletas recién horneadas. Helena y Sophía esperaban listas con  su gran amigo Paco ( un títere en forma de hámster, pantalones naranjas, camisa amarilla, una sonrisa pícara con dos grandes dientes pero el día de hoy no se apreciaba su gran copete que apunta al cielo porque Sophía le había colocado un gorro navideño), mamá saco los pocillos de chocolate, las galletas del horno para estar listo en  el momento en que La Gran Estrella de la Torre del Norte se encendiera para anunciar el comienzo de la temporada navideña.

Pero aquel año ocurrió algo imposible.

Cuando el reloj marcó las seis y las niñas en el balcón abrigadas con bufandas de colores y tazas de chocolate caliente… la estrella no se encendió.

La niñas quedaron en silencio.

—¿y la estrella, dónde está? —susurró Helena.

Papá con su enorme abrigo rojo, tomó el telescopio y busco con ayuda de Helena por todas partes y balbuceó:

—No… no está aquí. ¡La estrella no está!

Todos se sorprendieron. ¿Cómo iba a desaparecer la estrella más importante, en el momento más importante? – Helena y Sophía gritaron al mismo tiempo, sintiéndose un caos en ese momento.

Tranquilas – Calma, dejen de gritar- de esa forma nunca aparecerá la estrella.- dijo mamá.

Puede que este sea un trabajo para las detectives Helena y Sophía —las incansables aventureras — quienes se miraron con la emoción brillando en los ojos. –

A lo que respondieron – Mamá falta alguien más.- Paco.

Bueno está bien, Helena, Sophía y Paco, los grandes detectives aventureros.

—Parece que alguien tendrá que encontrarla —dijo Helena.

—Y obviamente ese “alguien” somos nosotros —añadió Sophía.

Pero antes de empezar su investigación – terminen sus galletas y chocolate. – no se olviden de dejar los platos en la cocina.

—Al ataque… navideño —dijeron, imitando a Papi Jim.

Devorando todas las galletas, natilla, buñuelos con sus enromes tazas de chocolate que había hecho mamá y Tata Mariela.

Ahora si estamos listas!. - al ataque - dijeron las niñas. 

Y así comenzó la aventura, que aunque puede ser en la casa, su gran imaginación las puede llevar a mundos nunca antes vistos.

Un suave tintineo se escuchó detrás del árbol. Helena lo oyó primero.

—¡Miren! —susurró, señalando un copo de nieve que brillaba más que los demás.

Pero el copo no solo brillaba… ¡hablaba!

—Buenas noches, jóvenes buscadores —dijo con una voz dulce, como campanillas—. Soy Nivelius, mensajero del Bosque Invernal. Vengo a guiarlos para que nos ayuden a buscar la gran estrella del norte.

—No sabía que las nieves hablaban – dijo Paco el títere.

Las hermanas se quedaron boqui abiertas al ver que su gran amigo había cobrado vida. Paco puede hablar. – dijo Helena, mientras Sophía salía del asombro.

Como así, siempre he podido hablar, - yo si quede asombrado, hay un copo de nieve que habla, eso Si es sorprendente- dijo Paco.

Niveluis flotó frente a ellos y continuó:

—Ahora que están los investigadores reunidos, les comentere la misión que les será asignada.

— Primero les diré la gran estrella del norte no ha desaparecido… ha decidido esconderse.

—¿Por qué haría eso? —preguntó Sophía.

—No lo sé con certeza —respondió Nivelius—. Pero dejó tres pistas antes de partir.

El copo giró y formó un destello, del cual aparecieron tres pequeños objetos:

  1. Un cascabel sin sonido
  2. Un trocito de vela apagada
  3. Un fragmento de hielo con una pequeña grieta.

—Si siguen estas pistas —dijo él—, llegarán hasta la estrella.

Helena tomó el cascabel.

—Entonces, ¿por dónde empezamos?

Nivelius respondió:

—Por donde siempre inicia la Navidad: por quien necesita luz.

Y sin más, desapareció convertido en un soplo de nieve.

Las pistas los llevaron al borde de un pueblo, donde vivía Doña Luzmira, una abuelita muy parecida a mamá Fanny,  que encendía unas linternas cada noche. Pero últimamente había estado enferma y las luces apenas parpadeaban.

Helena tocó la puerta con suavidad, y la señora abrió envuelta en su bata de lana, pantuflas como felpa un poco grande – lo que hizo preguntar a Helena como podía caminar con eso puesto.

—Venimos a traerle un regalo —dijo Sophía, mostrando la pequeña vela apagada.

La anciana sonrió débilmente.

—Hace días que no tengo fuerzas para encender la luz. Así que todo debe verse muy oscuro…

Helena y Sophía se miraron. Entendieron al instante. - Esa es la razón por la que esta noche se ve tan oscura.

—Doña Luzmira, ¿quiere que encendamos la vela junto a usted? —preguntó Helena.

Ella asintió mientras Paco saltaba emocionado. Entre los tres, colocaron la vela en una pequeña mesa y la anciana, temblorosa, acercó una cerilla.

La llama encendió con un suave ¡puf! y, de inmediato, las luces de la casa resplandecieron más cálidas que nunca.

De la vela salió un pequeño destello que flotó hacia el cielo, como si hubiese activado algo.

—¡La estrella debe haberse alegrado! —dijo Paco.

Y al revisar el fragmento de vela… notaron que una esquina estaba ahora completa.

La pista avanzaba.

La siguiente parada fue el Bosque Invernal, donde vivían los renos mensajeros de la Navidad. Según Nivelius, uno de ellos había perdido su cascabel, y sin él… no podía participar en la Gran Carrera de Nochebuena.

Fueron al gran establo, donde estaban todos los renos de fiestas, tomando chocolate y buñuelos. En el fondo del lugar una tarima donde se escuchaban panderetas, maracas, tambores y gran acordeón.

Iniciaron la búsqueda del reno que le faltaba un cascabel. Pero habían tantos animales y renos especialmente en ese salón.

Cuando se iban a dar por vencidos se fijaron que en el fondo del salón había un reno solitario, con cara de tristeza que podía hacer llorar al que lo observara.  

Brillín el reno, triste cubierto de nieve.

Así que se acercaron y preguntaron - Que tienes?.  

—No…no…. Puedo…. correr… sin mi….. sin mi sonido …..nadie sabrá dónde estoy —dijo cabizbajo, con una voz que se partía al hablar y en ocasiones casi inentendible.

Helena sacó el cascabel y dijo a la vez que intentaba calmarlo y así pudiera ver el objeto que le mostraba.

—¿Es este?

El reno abrió los ojos.

—¡Sí! Pero no suena… sin música no funcionará.

Sophía pensó un instante.

—Tal vez no es el cascabel lo que no tiene sonido… sino que tú no tienes la alegría para hacerlo sonar.

Paco se subió a una roca.

—Yo puedo ayudar. ¡Soy experto en alegrías y chistes rápidos!

Y comenzó su show improvisado, subió a la tarima le robo el micrófono al alce que estaba cantando un villancico: tropezó a propósito, se enredó en su bufanda, trató de hacer una voltereta, pero cayó sentado en la nieve, Se puso de pie, tosió y dijo un chiste corto y malo – Había una vez una estrella estrellada- Se produjo un silencio incomodo,  pero Brillín empezó a reír, extendiendo a cada animal en el salón, ahora solo se escuchaba una gran carcajada. Y entonces…

¡Tintín!

El cascabel sonó.

Una melodía suave vibró en la mesa donde lo había colocado Helena y otro destello voló hacia el cielo.

—La estrella debe estar escuchando —susurró Helena.

Al salir del salón, el grupo de detectives se sentían satisfechos por poder resolver los eventos de los artículos.

Estamos listos para resolver el último enigma. – dijo Paco

La última pista los llevó al río helado, al llegar Helena tiritaban de frío, Sophía dijo – Que rico clima- al tolerar un poco más el  frío que su hermana, mientras Paco levanto la mano, ya con el bigote con algunos carambanos y dijo – Salgamos rápido antes que se me congele.

En la orilla del río  encontraron un enorme bloque de hielo que parecía… triste.

—¿Pueden verlo? —preguntó Sophía – algo escéptica.

— Claro dijo Helena, que más puede parecer raro – el copo de nieve que habla, un reno triste.

— Tiene razón Helena, yo también me asombré cuando vi todo esto – Dijo Paco un poco consternado, pero a la vez irónico.

El hielo tenía una grieta en el centro, como si su corazón estuviera partido.

—Se siente solo —dijo Helena, tocándolo con cuidado.

Paco observó la grieta y pensó en voz alta:

—Todos necesitamos compañía… ¿y si cantamos algo navideño?

Y así lo hicieron. Los tres tomaron aire y comenzaron a cantar una de las canciones más antiguas. La melodía era tan suave que parecía volar.

Poco a poco, la grieta se cerró.

El hielo brilló con un fulgor inmenso y se convirtió en un cristal transparente que reflejaba el cielo. Y de allí salió el tercer destello, más fuerte que los anteriores.

Helena lo siguió con la mirada.

—¡Va hacia la torre!

—La estrella nos está llamando —dijo Sophía.

—¡Al ataque! —gritó Paco, emocionado.

Cuando llegaron a la Torre del Norte, la vieron allí:
La Gran Estrella…escondida detrás de una nube luminosa.

Bajó suavemente, como si los hubiera estado esperando.

—Niños —dijo con voz profunda— gracias por seguir mis pistas.

—¿Por qué te fuiste? —preguntó Helena.

La estrella vibró.

—Sabia que lo lograrían por que ustedes entienden lo más importante de la Navidad:
la luz compartida, la alegría sincera y el calor de la compañía.

—Por eso nos enviaste a ayudar a otros —dijo Sophía.

—Así es —respondió la estrella—.

Cuando encendieron la vela de Doña Luzmira, devolvieron luz.
Cuando hicieron sonar el cascabel, devolvieron alegría.
Y al unir su canto en el hielo, devolvieron compañía.

Y sobre todo la ayuda a Nivelius, conociendo que la aventura puede ser peligrosa

La estrella brilló intensamente.

—Y ahora, con el espíritu navideño restaurado… puedo iluminar el cielo nuevamente.

Los niños se apartaron. La estrella se elevó lentamente, cada vez más alto, hasta colocarse en lo alto de la torre.

La estrella brilló intensamente.

—Y ahora, con el espíritu navideño restaurado… puedo iluminar el cielo —dijo con una luz tan cálida que los tres aventureros sintieron que les abrazaba.

El viento comenzó a girar alrededor de ellos, suave primero, luego más rápido, como si el mundo estuviera desenrollándose. La luz se volvió tan brillante que Helena cerró los ojos, Sophía apretó la mano de Paco, y el pequeño hámster gritó:

—¡Ay! ¡Mi copete navideño se va a despeinar!

Y entonces…

Todo desapareció.

Helena abrió los ojos. Estaba en el balcón de su casa. Sophía seguía sosteniendo a Paco, que ya no hablaba, aunque tenía una sonrisa muy, muy sospechosa… como si guardara un secreto.

El aire olía a galletas recién horneadas y a chocolate caliente.

Todo estaba igual que antes… excepto por una cosa.

—¡La estrella del árbol! —exclamó Helena.

Corrieron hacia la sala. Allí estaba papá, de rodillas junto al árbol, con su abrigo rojo a medio poner y una expresión de triunfo que solo tenía cuando encontraba algo que llevaba horas buscando… o cuando creía haberlo encontrado.

—¡La encontré! —anunció levantando la estrella navideña como si fuera un trofeo.

Mamá apareció detrás de él, con los brazos cruzados y una sonrisa paciente.

—Mi amor, la encontraste porque te dije tres veces dónde estaba —dijo mamá, levantando una ceja.

—No, no, no —respondió papá—. La encontré porque sentí su espíritu navideño.

Fue como si… brillara para mí.

Helena y Sophía se miraron, tratando de no reírse.

Claro que brilló… ellos la habían ayudado a regresar.

Papá la colocó en lo más alto del árbol. Esta vez, sin tambalearse en la silla (porque mamá ya se la había escondido para evitar accidentes), y al ponerla…

¡Fwoooosh!

Un resplandor suave iluminó toda la sala.

—¡Se encendió! —gritó Sophía.

—¡Y más hermosa que nunca! —añadió Helena.

Papá infló el pecho.

—Bueno, qué les puedo decir… talento natural.

Mamá rodó los ojos mientras le acomodaba el abrigo:

—Sí, sí, superhéroe. Ahora ayuda a poner la mesa.

Paco, desde el sofá, cayó hacia atrás como si aún estuviera mareado por el viaje mágico.

Helena lo acomodó y le susurró:

—Gracias por la aventura.

Por un instante, Helena creyó ver al títere mover una ceja. Pero quizá… era solo la imaginación.

Esa noche, mientras las luces del árbol parpadeaban y el olor a Navidad llenaba la casa, Helena y Sophía comprendieron algo muy importante:

Que la verdadera luz de la Navidad no viene solo de las estrellas del cielo,

ni del árbol,

ni de los adornos brillantes…

Sino de lo que compartimos:

de iluminar a otros,

de regalar alegría,

y de acompañar a quienes se sienten solos.

Porque cuando una familia comparte su luz…

ninguna estrella está realmente perdida.

Fin!

martes, 25 de noviembre de 2025

El Susurro del árbol azul



El susurro del árbol azul

Por Hajime

Helena y Sophíe caminaban por el parque al atardecer, cuando el cielo tenía ese color entre naranja y violeta que parecía pintado a mano. Una suave brisa les desordenaba el cabello y movía las hojas del viejo árbol del fondo, por lo demás no se sentía ningún otro ruido. Pero de repente, un leve zumbido rompió esa calma.

—¿Escuchaste eso? —preguntó Sophía.

—¿Qué? —respondió Helena, girando casi 360 grados buscando lo que no sabía qué era, pero que Sophíe había escuchado primero. Como todo, en ocasiones quería que fuera una competencia.

De pronto, ambas notaron un resplandor azul que venía de las profundidades del bosque. Agarraron a Paco, su títere que siempre las acompañaba en cualquier aventura.

Una voz diminuta empezó a escucharse.

El Árbol Azul —así lo llaman porque su tronco tenía un brillo azul— susurraba.

Ambas se quedaron mirando, luego miraron a Paco, con la esperanza de que su amigo, al fin, cobrara vida. Pero cuando al fin se dieron cuenta de que no era Paco, siguieron en búsqueda del susurro que habían oído.

De pronto, el brillo que antes habían visto empezó a aumentar su intensidad.

Las niñas se acercaron despacio, con la curiosidad brillando en los ojos y esa sonrisa pícara cuando saben que una aventura está cerca. Al acercarse, la luz bajó en intensidad y se dieron cuenta de que era una luciérnaga, con un brillo que jamás habían visto.

—Gracias por venir —dijo con una voz diminuta—. Soy Liria, guardiana del viento de este jardín.

Las niñas se quedaron quietas, sorprendidas.

—Necesito su ayuda —continuó Liria—. El viento se ha quedado atrapado entre las ramas más altas. Si no lo liberamos, mañana no podrá soplar… y el mundo amanecerá sin brisa.

—¿Qué hacemos? —preguntó Helena. —¡Te imaginas!

— A Papi Jim sin brisa sentado en su hamaca, a Tata Nelly sin brisa en el mecedor del balcón.

— No habrá brisa que despeine a M&M, ni ayude a los pájaros a volar —Dijo Sophíe.

— ¡Oh, no! Y las semillas de las flores... se acabarán los jardines —dijo Hele.

—¡Esto es un asunto serio de mucha importancia! ¿Qué necesitamos hacer para evitar que esto pase?

—Tienen que subir a la cima del árbol —dijo Liria—. El Árbol Azul reconoce el trabajo en equipo.

Cuando se dispusieron a empezar a trepar, Helena iba a colocar a Paco en una de las bases de las raíces del árbol. Y de repente, un ¡PUM! Un destello azul y una tosecita: ¡coff, coff!

—¡No pensaban ir a la aventura sin mí! —Dijo Paco, el títere con forma de hámster, camisa amarilla, pantalón naranja, peinado loco, y una sonrisa pícara.

Al escucharlo, las niñas brincaron del asombro, pero con esa misma intensidad se abalanzaron sobre Paco para darle un fuerte abrazo. Y al unísono se dijeron: —¡Ahora sí, el equipo está listo!

Empezaron a trepar por el gran tronco del Árbol Azul. Cada rama que tocaban brillaba con una luz cálida, como si el árbol conociera el esfuerzo que hacía el equipo para realizar la hazaña de trepar a la cima, como si una barra los animara con cada paso que daban.

Al llegar arriba, vieron una burbuja transparente que contenía un pequeño remolino.

—Debe ser el viento —susurró Sophía.

Al tocar la burbuja los tres al mismo tiempo, esta brilló, y una voz resonó: —¿Qué es lo que desean, extraños?

—¡Venimos a liberar el viento! —Dijo Helena, envalentonada por todo el apoyo que recibió durante la escalada.

—Para poder abrir la burbuja tienen que realizar una prueba —dijo Liria mientras se posaba en el hombro de Sophía.

—Si aprecian los tres sellos que se logran ver en la superficie de la burbuja... —Les susurró Liria a las hermanas y a Paco, aunque este no la escuchó por ser muy bajo.

—Para romper esta burbuja —dijo con voz suave pero firme— deben superar la Prueba de los Tres Latidos.

"Demostrar quiénes son… cada uno a su manera. Tres pruebas, tres corazones. Solo unidos podrán continuar.”

Helena, Sophía y Paco se miraron. La burbuja empezó a latir como un corazón luminoso, formando un camino angosto, hecho de luz, que atravesaba la burbuja, creando tres caminos a cada sello.

— Recuerden que cada uno debe cruzar uno —dijo Liria—.

Helena dio el primer paso, Sophie y Paco la siguieron, y al llegar a la burbuja cada uno tomó un camino diferente, no sin antes cruzarse una mirada de complicidad y apoyo.

Helena avanzó por un sendero que parecía de cristales flotantes.

De pronto, una neblina espesa y desde el fondo surgió una Sombra de Dudas, una figura alta que cambiaba de forma y susurraba:

—“No podrás… es demasiado… tal vez no eres suficiente.”

El corazón de Helena latió fuerte, pero ella respiró hondo.

Recordó las palabras de Papi Jim: “¡Al ataque!”

Helena dio un paso firme al frente y, aunque sentía miedo, dijo con voz clara:

—“Puedo hacerlo aunque tenga miedo.”

La sombra se deshizo en miles de estrellitas doradas.

La voz mística anunció: 

“La valentía no es no sentir miedo, sino avanzar a pesar de él.”

Cada paso iluminaba el camino más y más, hasta que llegó al final.

Mientras, en el camino del centro iba Sophía. Se percató de que entró a un jardín en el cual se veían árboles, flores y otras plantas como cristales, de donde emergía una luz intensa. Además, los árboles murmuraban acertijos.

En el centro del jardín había un gran reloj sin agujas y a su alrededor, piedritas brillantes formaban símbolos.

Al acercarse, las piedras se elevaron primero como un remolino, luego se organizaron formando un acertijo que flotó ante ella:

“El tiempo se mueve cuando tú encuentras el orden.”

La prueba parecía imposible, las piedritas cambiaban de lugar, los árboles hablaban todos a la vez, y un viento confundía todo.

Sophía cerró los ojos…

Recordó cómo resolvía sus rompecabezas favoritos con su hermana cuando nadie las apuraba y lo mucho que disfrutaban esos momentos.

Recordó a Helena riéndose, a Paco moviendo las alas, y la calma regresó.

Con movimientos suaves, colocó las piedritas formando un pequeño sol.

El reloj encendió sus agujas y el jardín se iluminó.

La voz habló:

“La paciencia y la calma crean un orden donde antes solo había caos.”

En el tercer camino estaba Paco, quien recordaba las últimas palabras que Liria le dirigió antes de ingresar a la burbuja...

—Paco —dijo Liria—, el viento necesita alegría pura para completarse. Solo tú puedes devolverle su chispa. Debes hacerlo reír.

Así que Paco se irguió, acomodó su copete hacia arriba y declaró:

—¡Prepárate, burbujita triste! ¡Aquí llega el hámster más gracioso del planeta!

Saltó, hizo una voltereta (casi se cae), infló sus cachetes como globos, se puso bizco, y hasta se tropezó dando un par de volteretas.

La burbuja empezó a vibrar… y de pronto soltó un pequeño “¡jijiji!” por el viento que sopló, transformándose poco a poco en un torbellino brillante lleno de risas.

El tercer símbolo se encendió como un sol.

Al terminar las pruebas, los tres símbolos se unieron.

Helena, Sophía y Paco se encontraron al final del camino y colocaron sus manos —y patitas— sobre la burbuja.

Esta vibró… latió…

y finalmente…

¡estalló en una lluvia de luz!

El viento quedó libre, girando feliz alrededor de ellos y una corriente fresca salió disparada hacia el cielo, girando alegremente.

Liria sonrió.

—La Prueba de los Tres Latidos… superada.

Liria apareció de nuevo entre las hojas.

—Lo lograron —dijo con un brillo feliz—. Gracias por recordar que incluso las tareas pequeñas hacen un gran cambio cuando se hacen con corazón.

Las niñas bajaron del árbol con cuidado. El viento tocó una canción como si les diera las gracias.

Al dejar el Árbol Azul, el ruido de los carros y las personas llegó a los oídos de las niñas. Sophía levantó a Paco que aguardaba tirado entre las raíces del árbol.

Esa noche, mientras se iban a dormir, una suave brisa entró por la ventana y las arropó. Era el mismo viento, ahora libre, prometiéndoles nuevas aventuras, junto a su fiel títere que aguarda cada aventura desde el escritorio del cuarto de las hermanas.

la Cereza del Saber

<<La cereza del Saber>> Cuando un examen vas hacer,  con nervios vas a estar, recordar siempre deberás.  Estudia un poco cada dí...