CASTILLO DE ALMOHADAS
miércoles, 10 de junio de 2026
la Cereza del Saber
lunes, 1 de junio de 2026
El Rey Dormilon
El Rey Dormilon
En un reino no muy lejano había un rey llamado Dormilón I, señor absoluto del castillo de Siesta profunda, un lugar tan tranquilo que hasta las telarañas parecían colgar con sueño.
Pero últimamente el rey tenía un gran problema, un terrible problema, un problema espeluznante para el rey de Sueño profundo.
El rey no podía dormir!!!!
Por las noches caminaba por los pasillos con sus pantuflas de terciopelo, suspirando, bostezando, pero nada tenia éxito y así pasaba toda la noche mirando la luna con ojos cansados, sin poder dormir.
Había probado leche tibia.
Había probado música suave.
Había probado contar estrellas.
Incluso intentó contar cucharas y cucarachas.
Pero nada funcionaba.
Así que una noche, cuando sus ojeras parecían dos pequeñas hamacas moradas, hizo sonar su campana dorada y convocó a las tres personas más ingeniosas del reino:
La inventora,
la matemática
y el filósofo.
Los tres llegaron en medio de la noche envueltos en mantas, porque hacía un frío suave y soñoliento, ese que siente cuando no quieres dejar la cama y siente como te atrae a su lecho.
—Necesito ayuda —murmuró el rey mientras se acomodaba en su enorme sillón acolchado—. Quiero un cuento tan absurdo… tan tranquilo… tan bostezable… que me haga dormir.
Estos tres personajes que acudieron al llamado del rey, aunque tenían sueño, se pusieron a trabajar para logar la encomienda de su rey.
La inventora fue la primera en acercarse.
Traía una almohada con patas diminutas.
—Majestad —dijo orgullosa—, esta almohada corre en círculos hasta cansar los pensamientos.
La almohada comenzó a trotar despacito por la habitación.
Tap… tap… tap…
Luego más lento.
Tap…taap…taaaap…
El rey soltó una pequeña risa adormilada.
Pero de pronto la almohada dio un salto, atravesó la ventana y desapareció en la noche.
A lo lejos todavía se escuchaba:
tap…tap…tap…
El rey rio un poco más.
Después bostezó.
Un bostezo pequeño.
La matemática avanzó entonces con una pizarra negra.
Acomodó sus gafas y escribió lentamente:
“Risa + bostezo = sueño profundo”.
El rey leyó la fórmula.
La volvió a leer.
Y mientras la observaba…
le dio hipo.
—Hip…hip…hip…
La matemática intentó corregir la ecuación.
Pero ahora ella también bostezaba, lo que no ayudaba porque era media noche y también tenia sueño.
—Tal vez… hip… sobra un número… hip…
El rey empezó a reír otra vez.
Pero esta vez era una risa lenta.
Pesada.
Como una manta calentita.
Entonces apareció el último el filósofo.
Caminaba despacio. Tan despacio… que parecía que sus sandalias tenían sueño, cada paso era un bostezo, ¡GUAAAAHHH!!!.
Se acercó al rey y habló casi en un susurro:
—Majestad… cierre los ojos un momento, respire profundo…— dijo el filosofo con voz y profunda.
El rey obedeció y todos en la sala hicieron lo mismo.
La habitación quedó silenciosa.
Muy silenciosa.
Tan silenciosa… que hasta las velas parecían parpadear con sueño.
—Ahora imagine —continuó el filósofo—… una colina suave, una bisa tranquila fresca, el pasto se mueve suave… cubierta de ovejas tranquilas…
El rey respiró lento, los demás hicieron lo mismo.
—Una oveja dice: “Una oveja…” continuó el filosofo.
Otra oveja responde: “Dos ovejas…”
Y entonces aparece la tercera oveja…
Pero la tercera oveja es muy torpe.
Tan torpe…
tan dormilona…
que tropieza con el número tres.
Y el tres…
se convierte en un tres de madera.
El rey soltó una carcajada, suave, tranquila seguida de un bostezo.
La corona se le torció hacia una ceja.
—¿Un… tres… de madera? —preguntó entre risas.
—Sí… —susurró el filósofo—… un tres de madera muy confundido…
El rey volvió a reír.
Pero ahora su risa se mezclaba con bostezos largos, lentos y muy pesados.
—El tres de madera intentó seguir contando ovejas… pero empezó a cantar rancheras…
Muy despacito…
Y como cantaba horrible…
las ovejas le pusieron un calcetín en la boca.
El rey ya casi no podía mantener abiertos los ojos.
—¿Y… luego…? —murmuró.
El filósofo sonrió. Y bajó aún más la voz.
—Cuando el calcetín tapó al tres de madera…
todas las ovejas bostezaron al mismo tiempo…
Una oveja bostezó.
Otra oveja bostezó.
Incluso el viento bostezó entre las ventanas del castillo.
Boooooostezo…
El rey sintió los párpados pesados, muy pesados, si algo no podìa en ese momento era mantener los ojos abiertos.
Como si estuvieran hechos de almohadas tibias.
—Y el tres de madera… con un sombrero torcido… y el calcetín en la boca… comenzó a quedarse dormido…
Primero cabeceó.
Luego suspiró.
Después roncó bajito:
—Tresss…tresss…….tressssss…….
El rey intentó reír una vez más.
Pero el bostezo fue más fuerte.
Mucho más fuerte.
Y antes de escuchar el final de la historia…
el rey Dormilón I y todos los presentes estaban profundamente dormidos.
Dormían con una sonrisa pequeña.
El rey con la corona torcida y con un ronquido suave que parecía decir:
—Tres… tres… tressssss…
Al finalizar el relato, todos en la sala dormían, incluso hasta el filosofo que al terminar el cuento cayo dormido con el resto del sequito del rey.
Sin un solo ruido en el castillo de Siesta Lejana, hasta las estrellas parecían bostezar suavemente sobre las torres dormidas.
Desde entonces, cuando alguien no puede dormir, se cuenta a sí mismo historias de ovejas torpes…
de números de madera…
y de bostezos lentos que flotan como nubecitas tibias en la oscuridad.
Y si no se quedan dormidos antes del final…
es porque ya están soñando.
Feliz noche!
viernes, 1 de mayo de 2026
Helena, Sophía y el Robot de Papá
Cuando
Helena giro para decirle, vio como sus ojos se abrían como dos grandes platos,
como si se fueran a salir. – WOW! – Helena esto cuando apareció?.
No
sé pero la última vez q baje no estaba. – Sera que papá lo construyo ayer. Dijo
Helena.
Seguramente
dijo Sophía – Anoche se quedo hasta tarde trabajado y se escucharon ruidos de
martillo, lo recuerdas.
Bueno
y que esperamos veamos que es. Dijo Helena.
Eso
es lo que exactamente me estoy preguntando dijo Sophía.
Cuando
vieron un letrero gigante que decía:
Pero
entonces Helena tuvo otra idea.
—¡Chunchulín!
¿Puedes ayudarnos con la tarea?
El
robot se quedó en silencio un segundo.
—ANALIZANDO…
ACTIVANDO MODO ESTUDIO EXTREMO.
De
repente, unas pequeñas pantallas se desplegaron desde sus brazos, y un
proyector iluminó toda la pared.
—TEMA
DETECTADO: MATEMÁTICAS.
Sin
previo aviso, empezó a lanzar ecuaciones por toda la habitación, como si fueran
fuegos artificiales.
—¡7
POR 8! ¡56!
—¡9
POR 6! ¡54!
—¡12
POR 12! ¡144!
—¡OK,
OK, YA ENTENDIMOS! —gritó Helena tapándose los oídos.
Pero
el robot no paraba.
—¡EXAMEN
SORPRESA ACTIVADO!
De
pronto, el piso comenzó a moverse… ¡como una caminadora!
—¡RESPONDAN
CORRECTAMENTE O AUMENTARÁ LA VELOCIDAD!
—¡¿QUÉ?!
—gritó Sophía mientras intentaba no caerse.
—¡8
POR 7! —dijo el robot.
—¡56!
—gritaron ambas.
El
piso se detuvo.
Silencio.
—RESPUESTA
CORRECTA… PERO LENTA.
El
piso volvió a acelerarse.
Sophía
bajo la mirada resignándose por las tareas adicionales que le iban a dejar.
Papá
las miro con una mirada seria pero no pudo soportar la risa la cual se expandió
en la casa y mientras los 4 reían a carcajadas, el robot se apago solo diciendo
–Error en la batería-.
Y
la paz volvió a la casa, mientras papá, mamá y las niñas seguían riéndose sin
parar.
domingo, 29 de marzo de 2026
Helena, Sophía y el sueño del unicornio
miércoles, 21 de enero de 2026
El ciempiés que tenía un solo zapato
Hajime y Hele Urbiña
En lo profundo del Bosque Susurrante, donde el aire olía a hojas frescas y la luz del sol se filtraba suavemente entre las copas de los árboles, se escuchaban el crujir de las ramas y el canto de los grillos. Allí vivía Cinio, un ciempiés alegre y curioso que tenía una característica muy peculiar: siempre veía el lado bueno de las cosas y, además, solo tenía un zapato.
Pero no era cualquier zapato: era rojo, brillante y hacía clic-clac cada vez que caminaba, mezclándose de manera armoniosa con los sonidos del bosque.
Los otros insectos siempre se preguntaban lo mismo:
—¿Cómo hace un ciempiés para vivir con un solo zapato? —decía la hormiga Armanda.
—¡Debe ser incomodísimo! —añadía la mariquita Lili.
Pero Cinio no se complicaba la vida. Todas las mañanas inventaba un juego diferente para decidir qué pie usaría ese día su zapato rojo.
A veces lanzaba una piedrita al aire y luego contaba sus pies hasta el lugar donde caía; ese era el elegido. Otras veces cerraba los ojos y decía en voz alta:
—¡Eeny, meeny, miny… pie!
En ocasiones hacía girar una hoja seca como si fuera una ruleta, y el pie que quedaba más cerca era el ganador. Otros días esperaba que una ráfaga de viento le hiciera cosquillas en algún pie en especial.
Un día era el pie 32, otro el 77, a veces el 1 solo para variar. Para Cinio, aquello no era un problema, sino una aventura diaria llena de risas y creatividad.
Mientras caminaba por los senderos del bosque que tanto le gustaban, sonaba su alegre clic-clac, clic-clac, como una música feliz que alegraba todo a su paso.
Un día, el escarabajo Ricardo, motivado por la curiosidad de los demás insectos del bosque, decidió hablar con él.
—¡Cinio! Me llamo Ricardo. Desde hace mucho tiempo quiero preguntarte algo… ¿por qué no compras los otros 99 zapatos? ¡Sería lo lógico!
Cinio sonrió con calma y respondió:
—Porque no los necesito, Ricardo. Con uno me basta. ¡Mira todo lo que puedo hacer!
Entonces Cinio comenzó a bailar. Saltó, giró, avanzó en zigzag e hizo una voltereta. Su zapato rojo brilló como un faro en medio del bosque.
Todos rieron, y algunos empezaron a bailar para acompañarlo. Era imposible no contagiarse.
—Vaya —dijo Ricardo—, es cierto que marcas un ritmo muy pegajoso. ¿Irás este año al Gran Desfile?
—¡Claro que sí! —respondió Cinio—. No me lo perdería por nada del mundo; es mi día favorito.
Llegó el gran día: el Gran Desfile de los Insectos, donde cada uno mostraba sus mejores galas. Las hormigas marchaban en fila, las mariposas desplegaban sus alas brillantes y coloridas, y los grillos tocaban música.
Y Cinio, por supuesto, apareció con su único zapato rojo.
Al verlo, algunos insectos se burlaron:
—¿En serio va a participar con un solo zapato? —¡Pareces incompleto! —¡Un ciempiés descalzo!
Pero cuando el desfile comenzó, ocurrió algo inesperado.
Ese año todos querían destacar más de lo normal. Las hormigas marchaban demasiado rápido para verse importantes, los grillos tocaban cada uno a su propio ritmo y la orquesta sonaba desafinada. Las mariposas batían las alas con tanta fuerza que levantaron nubes de polvo y hojas secas.
El caos creció: los sonidos se mezclaron en un gran alboroto, las filas se rompieron y los insectos comenzaron a chocar unos con otros.
En medio de todo ese desorden, Cinio empezó a caminar con su ritmo inconfundible:
clic-clac, clic-clac, clic-clac…
Ese sonido se elevó por encima del caos y marcó un compás perfecto. Como en otras ocasiones, los demás insectos comenzaron a seguirlo. Los grillos se ajustaron, las hormigas retomaron la fila y hasta las mariposas comenzaron a moverse siguiendo aquel ritmo divertido.
El desfile se salvó gracias al paso sencillo y alegre del ciempiés con un solo zapato.
Cuando todo terminó, los aplausos llenaron el bosque.
—Cinio, tu zapato es único —dijo la mariquita Lili.
—Y tú también —agregó Ricardo.
Cinio respondió riendo:
—A veces no hace falta tenerlo todo. Con lo necesario basta para disfrutar la vida.
Desde aquel día, cada vez que se escuchaba un clic-clac en el bosque, todos recordaban la misma enseñanza:
Las cosas simples pueden ser las más valiosas.
jueves, 4 de diciembre de 2025
LA ESTRELLA PERDIDA
La Estrella Perdida
Por Hajime
La primera noche de navidad donde todos los paisajes parecen sacados de un cuento y las calles empezaban a oler a galletas recién horneadas. Helena y Sophía esperaban listas con su gran amigo Paco ( un títere en forma de hámster, pantalones naranjas, camisa amarilla, una sonrisa pícara con dos grandes dientes pero el día de hoy no se apreciaba su gran copete que apunta al cielo porque Sophía le había colocado un gorro navideño), mamá saco los pocillos de chocolate, las galletas del horno para estar listo en el momento en que La Gran Estrella de la Torre del Norte se encendiera para anunciar el comienzo de la temporada navideña.
Pero aquel año ocurrió algo imposible.
Cuando el reloj marcó las seis y las niñas en el balcón abrigadas con bufandas de colores y tazas de chocolate caliente… la estrella no se encendió.
La niñas quedaron en silencio.
—¿y la estrella, dónde está? —susurró Helena.
Papá con su enorme abrigo rojo, tomó el telescopio y busco con ayuda de Helena por todas partes y balbuceó:
—No… no está aquí. ¡La estrella no está!
Todos se sorprendieron. ¿Cómo iba a desaparecer la estrella más importante, en el momento más importante? – Helena y Sophía gritaron al mismo tiempo, sintiéndose un caos en ese momento.
Tranquilas – Calma, dejen de gritar- de esa forma nunca aparecerá la estrella.- dijo mamá.
Puede que este sea un trabajo para las detectives Helena y Sophía —las incansables aventureras — quienes se miraron con la emoción brillando en los ojos. –
A lo que respondieron – Mamá falta alguien más.- Paco.
Bueno está bien, Helena, Sophía y Paco, los grandes detectives aventureros.
—Parece que alguien tendrá que encontrarla —dijo Helena.
—Y obviamente ese “alguien” somos nosotros —añadió Sophía.
Pero antes de empezar su investigación – terminen sus galletas y chocolate. – no se olviden de dejar los platos en la cocina.
—Al ataque… navideño —dijeron, imitando a Papi Jim.
Devorando todas las galletas, natilla, buñuelos con sus enromes tazas de chocolate que había hecho mamá y Tata Mariela.
Ahora si estamos listas!. - al ataque - dijeron las niñas.
Y así comenzó la aventura, que aunque puede ser en la casa, su gran imaginación las puede llevar a mundos nunca antes vistos.
Un suave tintineo se escuchó detrás del árbol. Helena lo oyó primero.
—¡Miren! —susurró, señalando un copo de nieve que brillaba más que los demás.
Pero el copo no solo brillaba… ¡hablaba!
—Buenas noches, jóvenes buscadores —dijo con una voz dulce, como campanillas—. Soy Nivelius, mensajero del Bosque Invernal. Vengo a guiarlos para que nos ayuden a buscar la gran estrella del norte.
—No sabía que las nieves hablaban – dijo Paco el títere.
Las hermanas se quedaron boqui abiertas al ver que su gran amigo había cobrado vida. Paco puede hablar. – dijo Helena, mientras Sophía salía del asombro.
Como así, siempre he podido hablar, - yo si quede asombrado, hay un copo de nieve que habla, eso Si es sorprendente- dijo Paco.
Niveluis flotó frente a ellos y continuó:
—Ahora que están los investigadores reunidos, les comentere la misión que les será asignada.
— Primero les diré la gran estrella del norte no ha desaparecido… ha decidido esconderse.
—¿Por qué haría eso? —preguntó Sophía.
—No lo sé con certeza —respondió Nivelius—. Pero dejó tres pistas antes de partir.
El copo giró y formó un destello, del cual aparecieron tres pequeños objetos:
- Un cascabel sin sonido
- Un trocito de vela apagada
- Un fragmento de hielo con una pequeña grieta.
—Si siguen estas pistas —dijo él—, llegarán hasta la estrella.
Helena tomó el cascabel.
—Entonces, ¿por dónde empezamos?
Nivelius respondió:
—Por donde siempre inicia la Navidad: por quien necesita luz.
Y sin más, desapareció convertido en un soplo de nieve.
Las pistas los llevaron al borde de un pueblo, donde vivía Doña Luzmira, una abuelita muy parecida a mamá Fanny, que encendía unas linternas cada noche. Pero últimamente había estado enferma y las luces apenas parpadeaban.
Helena tocó la puerta con suavidad, y la señora abrió envuelta en su bata de lana, pantuflas como felpa un poco grande – lo que hizo preguntar a Helena como podía caminar con eso puesto.
—Venimos a traerle un regalo —dijo Sophía, mostrando la pequeña vela apagada.
La anciana sonrió débilmente.
—Hace días que no tengo fuerzas para encender la luz. Así que todo debe verse muy oscuro…
Helena y Sophía se miraron. Entendieron al instante. - Esa es la razón por la que esta noche se ve tan oscura.
—Doña Luzmira, ¿quiere que encendamos la vela junto a usted? —preguntó Helena.
Ella asintió mientras Paco saltaba emocionado. Entre los tres, colocaron la vela en una pequeña mesa y la anciana, temblorosa, acercó una cerilla.
La llama encendió con un suave ¡puf! y, de inmediato, las luces de la casa resplandecieron más cálidas que nunca.
De la vela salió un pequeño destello que flotó hacia el cielo, como si hubiese activado algo.
—¡La estrella debe haberse alegrado! —dijo Paco.
Y al revisar el fragmento de vela… notaron que una esquina estaba ahora completa.
La pista avanzaba.
La siguiente parada fue el Bosque Invernal, donde vivían los renos mensajeros de la Navidad. Según Nivelius, uno de ellos había perdido su cascabel, y sin él… no podía participar en la Gran Carrera de Nochebuena.
Fueron al gran establo, donde estaban todos los renos de fiestas, tomando chocolate y buñuelos. En el fondo del lugar una tarima donde se escuchaban panderetas, maracas, tambores y gran acordeón.
Iniciaron la búsqueda del reno que le faltaba un cascabel. Pero habían tantos animales y renos especialmente en ese salón.
Cuando se iban a dar por vencidos se fijaron que en el fondo del salón había un reno solitario, con cara de tristeza que podía hacer llorar al que lo observara.
Brillín el reno, triste cubierto de nieve.
Así que se acercaron y preguntaron - Que tienes?.
—No…no…. Puedo…. correr… sin mi….. sin mi sonido …..nadie sabrá dónde estoy —dijo cabizbajo, con una voz que se partía al hablar y en ocasiones casi inentendible.
Helena sacó el cascabel y dijo a la vez que intentaba calmarlo y así pudiera ver el objeto que le mostraba.
—¿Es este?
El reno abrió los ojos.
—¡Sí! Pero no suena… sin música no funcionará.
Sophía pensó un instante.
—Tal vez no es el cascabel lo que no tiene sonido… sino que tú no tienes la alegría para hacerlo sonar.
Paco se subió a una roca.
—Yo puedo ayudar. ¡Soy experto en alegrías y chistes rápidos!
Y comenzó su show improvisado, subió a la tarima le robo el micrófono al alce que estaba cantando un villancico: tropezó a propósito, se enredó en su bufanda, trató de hacer una voltereta, pero cayó sentado en la nieve, Se puso de pie, tosió y dijo un chiste corto y malo – Había una vez una estrella estrellada- Se produjo un silencio incomodo, pero Brillín empezó a reír, extendiendo a cada animal en el salón, ahora solo se escuchaba una gran carcajada. Y entonces…
¡Tintín!
El cascabel sonó.
Una melodía suave vibró en la mesa donde lo había colocado Helena y otro destello voló hacia el cielo.
—La estrella debe estar escuchando —susurró Helena.
Al salir del salón, el grupo de detectives se sentían satisfechos por poder resolver los eventos de los artículos.
Estamos listos para resolver el último enigma. – dijo Paco
La última pista los llevó al río helado, al llegar Helena tiritaban de frío, Sophía dijo – Que rico clima- al tolerar un poco más el frío que su hermana, mientras Paco levanto la mano, ya con el bigote con algunos carambanos y dijo – Salgamos rápido antes que se me congele.
En la orilla del río encontraron un enorme bloque de hielo que parecía… triste.
—¿Pueden verlo? —preguntó Sophía – algo escéptica.
— Claro dijo Helena, que más puede parecer raro – el copo de nieve que habla, un reno triste.
— Tiene razón Helena, yo también me asombré cuando vi todo esto – Dijo Paco un poco consternado, pero a la vez irónico.
El hielo tenía una grieta en el centro, como si su corazón estuviera partido.
—Se siente solo —dijo Helena, tocándolo con cuidado.
Paco observó la grieta y pensó en voz alta:
—Todos necesitamos compañía… ¿y si cantamos algo navideño?
Y así lo hicieron. Los tres tomaron aire y comenzaron a cantar una de las canciones más antiguas. La melodía era tan suave que parecía volar.
Poco a poco, la grieta se cerró.
El hielo brilló con un fulgor inmenso y se convirtió en un cristal transparente que reflejaba el cielo. Y de allí salió el tercer destello, más fuerte que los anteriores.
Helena lo siguió con la mirada.
—¡Va hacia la torre!
—La estrella nos está llamando —dijo Sophía.
—¡Al ataque! —gritó Paco, emocionado.
Cuando
llegaron a la Torre del Norte, la vieron allí:
La Gran Estrella…escondida detrás de una nube luminosa.
Bajó suavemente, como si los hubiera estado esperando.
—Niños —dijo con voz profunda— gracias por seguir mis pistas.
—¿Por qué te fuiste? —preguntó Helena.
La estrella vibró.
—Sabia
que lo lograrían por que ustedes entienden lo más importante de la Navidad:
la luz compartida, la alegría sincera y el calor de la compañía.
—Por eso nos enviaste a ayudar a otros —dijo Sophía.
—Así es —respondió la estrella—.
Cuando
encendieron la vela de Doña Luzmira, devolvieron luz.
Cuando hicieron sonar el cascabel, devolvieron alegría.
Y al unir su canto en el hielo, devolvieron compañía.
Y sobre todo la ayuda a Nivelius, conociendo que la aventura puede ser peligrosa
La estrella brilló intensamente.
—Y ahora, con el espíritu navideño restaurado… puedo iluminar el cielo nuevamente.
Los niños
se apartaron. La estrella se elevó lentamente, cada vez más alto, hasta
colocarse en lo alto de la torre.
La estrella brilló intensamente.
—Y ahora, con el espíritu navideño restaurado… puedo iluminar el cielo —dijo con una luz tan cálida que los tres aventureros sintieron que les abrazaba.
El viento comenzó a girar alrededor de ellos, suave primero, luego más rápido, como si el mundo estuviera desenrollándose. La luz se volvió tan brillante que Helena cerró los ojos, Sophía apretó la mano de Paco, y el pequeño hámster gritó:
—¡Ay! ¡Mi copete navideño se va a despeinar!
Y entonces…
Todo desapareció.
Helena abrió los ojos. Estaba en el balcón de su casa. Sophía seguía sosteniendo a Paco, que ya no hablaba, aunque tenía una sonrisa muy, muy sospechosa… como si guardara un secreto.
El aire olía a galletas recién horneadas y a chocolate caliente.
Todo estaba igual que antes… excepto por una cosa.
—¡La estrella del árbol! —exclamó Helena.
Corrieron hacia la sala. Allí estaba papá, de rodillas junto al árbol, con su abrigo rojo a medio poner y una expresión de triunfo que solo tenía cuando encontraba algo que llevaba horas buscando… o cuando creía haberlo encontrado.
—¡La encontré! —anunció levantando la estrella navideña como si fuera un trofeo.
Mamá apareció detrás de él, con los brazos cruzados y una sonrisa paciente.
—Mi amor, la encontraste porque te dije tres veces dónde estaba —dijo mamá, levantando una ceja.
—No, no, no —respondió papá—. La encontré porque sentí su espíritu navideño.
Fue como si… brillara para mí.
Helena y Sophía se miraron, tratando de no reírse.
Claro que brilló… ellos la habían ayudado a regresar.
Papá la colocó en lo más alto del árbol. Esta vez, sin tambalearse en la silla (porque mamá ya se la había escondido para evitar accidentes), y al ponerla…
¡Fwoooosh!
Un resplandor suave iluminó toda la sala.
—¡Se encendió! —gritó Sophía.
—¡Y más hermosa que nunca! —añadió Helena.
Papá infló el pecho.
—Bueno, qué les puedo decir… talento natural.
Mamá rodó los ojos mientras le acomodaba el abrigo:
—Sí, sí, superhéroe. Ahora ayuda a poner la mesa.
Paco, desde el sofá, cayó hacia atrás como si aún estuviera mareado por el viaje mágico.
Helena lo acomodó y le susurró:
—Gracias por la aventura.
Por un instante, Helena creyó ver al títere mover una ceja. Pero quizá… era solo la imaginación.
Esa noche, mientras las luces del árbol parpadeaban y el olor a Navidad llenaba la casa, Helena y Sophía comprendieron algo muy importante:
Que la verdadera luz de la Navidad no viene solo de las estrellas del cielo,
ni del árbol,
ni de los adornos brillantes…
Sino de lo que compartimos:
de iluminar a otros,
de regalar alegría,
y de acompañar a quienes se sienten solos.
Porque cuando una familia comparte su luz…
ninguna estrella está realmente perdida.
Fin!
martes, 25 de noviembre de 2025
El Susurro del árbol azul
El susurro del árbol azul
Por Hajime
Helena y Sophíe caminaban por el parque al atardecer, cuando el cielo tenía ese color entre naranja y violeta que parecía pintado a mano. Una suave brisa les desordenaba el cabello y movía las hojas del viejo árbol del fondo, por lo demás no se sentía ningún otro ruido. Pero de repente, un leve zumbido rompió esa calma.
—¿Escuchaste eso? —preguntó Sophía.
—¿Qué? —respondió Helena, girando casi 360 grados buscando lo que no sabía qué era, pero que Sophíe había escuchado primero. Como todo, en ocasiones quería que fuera una competencia.
De pronto, ambas notaron un resplandor azul que venía de las profundidades del bosque. Agarraron a Paco, su títere que siempre las acompañaba en cualquier aventura.
Una voz diminuta empezó a escucharse.
El Árbol Azul —así lo llaman porque su tronco tenía un brillo azul— susurraba.
Ambas se quedaron mirando, luego miraron a Paco, con la esperanza de que su amigo, al fin, cobrara vida. Pero cuando al fin se dieron cuenta de que no era Paco, siguieron en búsqueda del susurro que habían oído.
De pronto, el brillo que antes habían visto empezó a aumentar su intensidad.
Las niñas se acercaron despacio, con la curiosidad brillando en los ojos y esa sonrisa pícara cuando saben que una aventura está cerca. Al acercarse, la luz bajó en intensidad y se dieron cuenta de que era una luciérnaga, con un brillo que jamás habían visto.
—Gracias por venir —dijo con una voz diminuta—. Soy Liria, guardiana del viento de este jardín.
Las niñas se quedaron quietas, sorprendidas.
—Necesito su ayuda —continuó Liria—. El viento se ha quedado atrapado entre las ramas más altas. Si no lo liberamos, mañana no podrá soplar… y el mundo amanecerá sin brisa.
—¿Qué hacemos? —preguntó Helena. —¡Te imaginas!
— A Papi Jim sin brisa sentado en su hamaca, a Tata Nelly sin brisa en el mecedor del balcón.
— No habrá brisa que despeine a M&M, ni ayude a los pájaros a volar —Dijo Sophíe.
— ¡Oh, no! Y las semillas de las flores... se acabarán los jardines —dijo Hele.
—¡Esto es un asunto serio de mucha importancia! ¿Qué necesitamos hacer para evitar que esto pase?
—Tienen que subir a la cima del árbol —dijo Liria—. El Árbol Azul reconoce el trabajo en equipo.
Cuando se dispusieron a empezar a trepar, Helena iba a colocar a Paco en una de las bases de las raíces del árbol. Y de repente, un ¡PUM! Un destello azul y una tosecita: ¡coff, coff!
—¡No pensaban ir a la aventura sin mí! —Dijo Paco, el títere con forma de hámster, camisa amarilla, pantalón naranja, peinado loco, y una sonrisa pícara.
Al escucharlo, las niñas brincaron del asombro, pero con esa misma intensidad se abalanzaron sobre Paco para darle un fuerte abrazo. Y al unísono se dijeron: —¡Ahora sí, el equipo está listo!
Empezaron a trepar por el gran tronco del Árbol Azul. Cada rama que tocaban brillaba con una luz cálida, como si el árbol conociera el esfuerzo que hacía el equipo para realizar la hazaña de trepar a la cima, como si una barra los animara con cada paso que daban.
Al llegar arriba, vieron una burbuja transparente que contenía un pequeño remolino.
—Debe ser el viento —susurró Sophía.
Al tocar la burbuja los tres al mismo tiempo, esta brilló, y una voz resonó: —¿Qué es lo que desean, extraños?
—¡Venimos a liberar el viento! —Dijo Helena, envalentonada por todo el apoyo que recibió durante la escalada.
—Para poder abrir la burbuja tienen que realizar una prueba —dijo Liria mientras se posaba en el hombro de Sophía.
—Si aprecian los tres sellos que se logran ver en la superficie de la burbuja... —Les susurró Liria a las hermanas y a Paco, aunque este no la escuchó por ser muy bajo.
—Para romper esta burbuja —dijo con voz suave pero firme— deben superar la Prueba de los Tres Latidos.
"Demostrar quiénes son… cada uno a su manera. Tres pruebas, tres corazones. Solo unidos podrán continuar.”
Helena, Sophía y Paco se miraron. La burbuja empezó a latir como un corazón luminoso, formando un camino angosto, hecho de luz, que atravesaba la burbuja, creando tres caminos a cada sello.
— Recuerden que cada uno debe cruzar uno —dijo Liria—.
Helena dio el primer paso, Sophie y Paco la siguieron, y al llegar a la burbuja cada uno tomó un camino diferente, no sin antes cruzarse una mirada de complicidad y apoyo.
Helena avanzó por un sendero que parecía de cristales flotantes.
De pronto, una neblina espesa y desde el fondo surgió una Sombra de Dudas, una figura alta que cambiaba de forma y susurraba:
—“No podrás… es demasiado… tal vez no eres suficiente.”
El corazón de Helena latió fuerte, pero ella respiró hondo.
Recordó las palabras de Papi Jim: “¡Al ataque!”
Helena dio un paso firme al frente y, aunque sentía miedo, dijo con voz clara:
—“Puedo hacerlo aunque tenga miedo.”
La sombra se deshizo en miles de estrellitas doradas.
La voz mística anunció:
“La valentía no es no sentir miedo, sino avanzar a pesar de él.”
Cada paso iluminaba el camino más y más, hasta que llegó al final.
Mientras, en el camino del centro iba Sophía. Se percató de que entró a un jardín en el cual se veían árboles, flores y otras plantas como cristales, de donde emergía una luz intensa. Además, los árboles murmuraban acertijos.
En el centro del jardín había un gran reloj sin agujas y a su alrededor, piedritas brillantes formaban símbolos.
Al acercarse, las piedras se elevaron primero como un remolino, luego se organizaron formando un acertijo que flotó ante ella:
“El tiempo se mueve cuando tú encuentras el orden.”
La prueba parecía imposible, las piedritas cambiaban de lugar, los árboles hablaban todos a la vez, y un viento confundía todo.
Sophía cerró los ojos…
Recordó cómo resolvía sus rompecabezas favoritos con su hermana cuando nadie las apuraba y lo mucho que disfrutaban esos momentos.
Recordó a Helena riéndose, a Paco moviendo las alas, y la calma regresó.
Con movimientos suaves, colocó las piedritas formando un pequeño sol.
El reloj encendió sus agujas y el jardín se iluminó.
La voz habló:
“La paciencia y la calma crean un orden donde antes solo había caos.”
En el tercer camino estaba Paco, quien recordaba las últimas palabras que Liria le dirigió antes de ingresar a la burbuja...
—Paco —dijo Liria—, el viento necesita alegría pura para completarse. Solo tú puedes devolverle su chispa. Debes hacerlo reír.
Así que Paco se irguió, acomodó su copete hacia arriba y declaró:
—¡Prepárate, burbujita triste! ¡Aquí llega el hámster más gracioso del planeta!
Saltó, hizo una voltereta (casi se cae), infló sus cachetes como globos, se puso bizco, y hasta se tropezó dando un par de volteretas.
La burbuja empezó a vibrar… y de pronto soltó un pequeño “¡jijiji!” por el viento que sopló, transformándose poco a poco en un torbellino brillante lleno de risas.
El tercer símbolo se encendió como un sol.
Al terminar las pruebas, los tres símbolos se unieron.
Helena, Sophía y Paco se encontraron al final del camino y colocaron sus manos —y patitas— sobre la burbuja.
Esta vibró… latió…
y finalmente…
¡estalló en una lluvia de luz!
El viento quedó libre, girando feliz alrededor de ellos y una corriente fresca salió disparada hacia el cielo, girando alegremente.
Liria sonrió.
—La Prueba de los Tres Latidos… superada.
Liria apareció de nuevo entre las hojas.
—Lo lograron —dijo con un brillo feliz—. Gracias por recordar que incluso las tareas pequeñas hacen un gran cambio cuando se hacen con corazón.
Las niñas bajaron del árbol con cuidado. El viento tocó una canción como si les diera las gracias.
Al dejar el Árbol Azul, el ruido de los carros y las personas llegó a los oídos de las niñas. Sophía levantó a Paco que aguardaba tirado entre las raíces del árbol.
Esa noche, mientras se iban a dormir, una suave brisa entró por la ventana y las arropó. Era el mismo viento, ahora libre, prometiéndoles nuevas aventuras, junto a su fiel títere que aguarda cada aventura desde el escritorio del cuarto de las hermanas.
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