Hajime y Hele Urbiña
En lo profundo del Bosque Susurrante, donde el aire olía a hojas frescas y la luz del sol se filtraba suavemente entre las copas de los árboles, se escuchaban el crujir de las ramas y el canto de los grillos. Allí vivía Cinio, un ciempiés alegre y curioso que tenía una característica muy peculiar: siempre veía el lado bueno de las cosas y, además, solo tenía un zapato.
Pero no era cualquier zapato: era rojo, brillante y hacía clic-clac cada vez que caminaba, mezclándose de manera armoniosa con los sonidos del bosque.
Los otros insectos siempre se preguntaban lo mismo:
—¿Cómo hace un ciempiés para vivir con un solo zapato? —decía la hormiga Armanda.
—¡Debe ser incomodísimo! —añadía la mariquita Lili.
Pero Cinio no se complicaba la vida. Todas las mañanas inventaba un juego diferente para decidir qué pie usaría ese día su zapato rojo.
A veces lanzaba una piedrita al aire y luego contaba sus pies hasta el lugar donde caía; ese era el elegido. Otras veces cerraba los ojos y decía en voz alta:
—¡Eeny, meeny, miny… pie!
En ocasiones hacía girar una hoja seca como si fuera una ruleta, y el pie que quedaba más cerca era el ganador. Otros días esperaba que una ráfaga de viento le hiciera cosquillas en algún pie en especial.
Un día era el pie 32, otro el 77, a veces el 1 solo para variar. Para Cinio, aquello no era un problema, sino una aventura diaria llena de risas y creatividad.
Mientras caminaba por los senderos del bosque que tanto le gustaban, sonaba su alegre clic-clac, clic-clac, como una música feliz que alegraba todo a su paso.
Un día, el escarabajo Ricardo, motivado por la curiosidad de los demás insectos del bosque, decidió hablar con él.
—¡Cinio! Me llamo Ricardo. Desde hace mucho tiempo quiero preguntarte algo… ¿por qué no compras los otros 99 zapatos? ¡Sería lo lógico!
Cinio sonrió con calma y respondió:
—Porque no los necesito, Ricardo. Con uno me basta. ¡Mira todo lo que puedo hacer!
Entonces Cinio comenzó a bailar. Saltó, giró, avanzó en zigzag e hizo una voltereta. Su zapato rojo brilló como un faro en medio del bosque.
Todos rieron, y algunos empezaron a bailar para acompañarlo. Era imposible no contagiarse.
—Vaya —dijo Ricardo—, es cierto que marcas un ritmo muy pegajoso. ¿Irás este año al Gran Desfile?
—¡Claro que sí! —respondió Cinio—. No me lo perdería por nada del mundo; es mi día favorito.
Llegó el gran día: el Gran Desfile de los Insectos, donde cada uno mostraba sus mejores galas. Las hormigas marchaban en fila, las mariposas desplegaban sus alas brillantes y coloridas, y los grillos tocaban música.
Y Cinio, por supuesto, apareció con su único zapato rojo.
Al verlo, algunos insectos se burlaron:
—¿En serio va a participar con un solo zapato? —¡Pareces incompleto! —¡Un ciempiés descalzo!
Pero cuando el desfile comenzó, ocurrió algo inesperado.
Ese año todos querían destacar más de lo normal. Las hormigas marchaban demasiado rápido para verse importantes, los grillos tocaban cada uno a su propio ritmo y la orquesta sonaba desafinada. Las mariposas batían las alas con tanta fuerza que levantaron nubes de polvo y hojas secas.
El caos creció: los sonidos se mezclaron en un gran alboroto, las filas se rompieron y los insectos comenzaron a chocar unos con otros.
En medio de todo ese desorden, Cinio empezó a caminar con su ritmo inconfundible:
clic-clac, clic-clac, clic-clac…
Ese sonido se elevó por encima del caos y marcó un compás perfecto. Como en otras ocasiones, los demás insectos comenzaron a seguirlo. Los grillos se ajustaron, las hormigas retomaron la fila y hasta las mariposas comenzaron a moverse siguiendo aquel ritmo divertido.
El desfile se salvó gracias al paso sencillo y alegre del ciempiés con un solo zapato.
Cuando todo terminó, los aplausos llenaron el bosque.
—Cinio, tu zapato es único —dijo la mariquita Lili.
—Y tú también —agregó Ricardo.
Cinio respondió riendo:
—A veces no hace falta tenerlo todo. Con lo necesario basta para disfrutar la vida.
Desde aquel día, cada vez que se escuchaba un clic-clac en el bosque, todos recordaban la misma enseñanza:
Las cosas simples pueden ser las más valiosas.
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