martes, 25 de noviembre de 2025

El Susurro del árbol azul



El susurro del árbol azul

Por Hajime

Helena y Sophíe caminaban por el parque al atardecer, cuando el cielo tenía ese color entre naranja y violeta que parecía pintado a mano. Una suave brisa les desordenaba el cabello y movía las hojas del viejo árbol del fondo, por lo demás no se sentía ningún otro ruido. Pero de repente, un leve zumbido rompió esa calma.

—¿Escuchaste eso? —preguntó Sophía.

—¿Qué? —respondió Helena, girando casi 360 grados buscando lo que no sabía qué era, pero que Sophíe había escuchado primero. Como todo, en ocasiones quería que fuera una competencia.

De pronto, ambas notaron un resplandor azul que venía de las profundidades del bosque. Agarraron a Paco, su títere que siempre las acompañaba en cualquier aventura.

Una voz diminuta empezó a escucharse.

El Árbol Azul —así lo llaman porque su tronco tenía un brillo azul— susurraba.

Ambas se quedaron mirando, luego miraron a Paco, con la esperanza de que su amigo, al fin, cobrara vida. Pero cuando al fin se dieron cuenta de que no era Paco, siguieron en búsqueda del susurro que habían oído.

De pronto, el brillo que antes habían visto empezó a aumentar su intensidad.

Las niñas se acercaron despacio, con la curiosidad brillando en los ojos y esa sonrisa pícara cuando saben que una aventura está cerca. Al acercarse, la luz bajó en intensidad y se dieron cuenta de que era una luciérnaga, con un brillo que jamás habían visto.

—Gracias por venir —dijo con una voz diminuta—. Soy Liria, guardiana del viento de este jardín.

Las niñas se quedaron quietas, sorprendidas.

—Necesito su ayuda —continuó Liria—. El viento se ha quedado atrapado entre las ramas más altas. Si no lo liberamos, mañana no podrá soplar… y el mundo amanecerá sin brisa.

—¿Qué hacemos? —preguntó Helena. —¡Te imaginas!

— A Papi Jim sin brisa sentado en su hamaca, a Tata Nelly sin brisa en el mecedor del balcón.

— No habrá brisa que despeine a M&M, ni ayude a los pájaros a volar —Dijo Sophíe.

— ¡Oh, no! Y las semillas de las flores... se acabarán los jardines —dijo Hele.

—¡Esto es un asunto serio de mucha importancia! ¿Qué necesitamos hacer para evitar que esto pase?

—Tienen que subir a la cima del árbol —dijo Liria—. El Árbol Azul reconoce el trabajo en equipo.

Cuando se dispusieron a empezar a trepar, Helena iba a colocar a Paco en una de las bases de las raíces del árbol. Y de repente, un ¡PUM! Un destello azul y una tosecita: ¡coff, coff!

—¡No pensaban ir a la aventura sin mí! —Dijo Paco, el títere con forma de hámster, camisa amarilla, pantalón naranja, peinado loco, y una sonrisa pícara.

Al escucharlo, las niñas brincaron del asombro, pero con esa misma intensidad se abalanzaron sobre Paco para darle un fuerte abrazo. Y al unísono se dijeron: —¡Ahora sí, el equipo está listo!

Empezaron a trepar por el gran tronco del Árbol Azul. Cada rama que tocaban brillaba con una luz cálida, como si el árbol conociera el esfuerzo que hacía el equipo para realizar la hazaña de trepar a la cima, como si una barra los animara con cada paso que daban.

Al llegar arriba, vieron una burbuja transparente que contenía un pequeño remolino.

—Debe ser el viento —susurró Sophía.

Al tocar la burbuja los tres al mismo tiempo, esta brilló, y una voz resonó: —¿Qué es lo que desean, extraños?

—¡Venimos a liberar el viento! —Dijo Helena, envalentonada por todo el apoyo que recibió durante la escalada.

—Para poder abrir la burbuja tienen que realizar una prueba —dijo Liria mientras se posaba en el hombro de Sophía.

—Si aprecian los tres sellos que se logran ver en la superficie de la burbuja... —Les susurró Liria a las hermanas y a Paco, aunque este no la escuchó por ser muy bajo.

—Para romper esta burbuja —dijo con voz suave pero firme— deben superar la Prueba de los Tres Latidos.

"Demostrar quiénes son… cada uno a su manera. Tres pruebas, tres corazones. Solo unidos podrán continuar.”

Helena, Sophía y Paco se miraron. La burbuja empezó a latir como un corazón luminoso, formando un camino angosto, hecho de luz, que atravesaba la burbuja, creando tres caminos a cada sello.

— Recuerden que cada uno debe cruzar uno —dijo Liria—.

Helena dio el primer paso, Sophie y Paco la siguieron, y al llegar a la burbuja cada uno tomó un camino diferente, no sin antes cruzarse una mirada de complicidad y apoyo.

Helena avanzó por un sendero que parecía de cristales flotantes.

De pronto, una neblina espesa y desde el fondo surgió una Sombra de Dudas, una figura alta que cambiaba de forma y susurraba:

—“No podrás… es demasiado… tal vez no eres suficiente.”

El corazón de Helena latió fuerte, pero ella respiró hondo.

Recordó las palabras de Papi Jim: “¡Al ataque!”

Helena dio un paso firme al frente y, aunque sentía miedo, dijo con voz clara:

—“Puedo hacerlo aunque tenga miedo.”

La sombra se deshizo en miles de estrellitas doradas.

La voz mística anunció: 

“La valentía no es no sentir miedo, sino avanzar a pesar de él.”

Cada paso iluminaba el camino más y más, hasta que llegó al final.

Mientras, en el camino del centro iba Sophía. Se percató de que entró a un jardín en el cual se veían árboles, flores y otras plantas como cristales, de donde emergía una luz intensa. Además, los árboles murmuraban acertijos.

En el centro del jardín había un gran reloj sin agujas y a su alrededor, piedritas brillantes formaban símbolos.

Al acercarse, las piedras se elevaron primero como un remolino, luego se organizaron formando un acertijo que flotó ante ella:

“El tiempo se mueve cuando tú encuentras el orden.”

La prueba parecía imposible, las piedritas cambiaban de lugar, los árboles hablaban todos a la vez, y un viento confundía todo.

Sophía cerró los ojos…

Recordó cómo resolvía sus rompecabezas favoritos con su hermana cuando nadie las apuraba y lo mucho que disfrutaban esos momentos.

Recordó a Helena riéndose, a Paco moviendo las alas, y la calma regresó.

Con movimientos suaves, colocó las piedritas formando un pequeño sol.

El reloj encendió sus agujas y el jardín se iluminó.

La voz habló:

“La paciencia y la calma crean un orden donde antes solo había caos.”

En el tercer camino estaba Paco, quien recordaba las últimas palabras que Liria le dirigió antes de ingresar a la burbuja...

—Paco —dijo Liria—, el viento necesita alegría pura para completarse. Solo tú puedes devolverle su chispa. Debes hacerlo reír.

Así que Paco se irguió, acomodó su copete hacia arriba y declaró:

—¡Prepárate, burbujita triste! ¡Aquí llega el hámster más gracioso del planeta!

Saltó, hizo una voltereta (casi se cae), infló sus cachetes como globos, se puso bizco, y hasta se tropezó dando un par de volteretas.

La burbuja empezó a vibrar… y de pronto soltó un pequeño “¡jijiji!” por el viento que sopló, transformándose poco a poco en un torbellino brillante lleno de risas.

El tercer símbolo se encendió como un sol.

Al terminar las pruebas, los tres símbolos se unieron.

Helena, Sophía y Paco se encontraron al final del camino y colocaron sus manos —y patitas— sobre la burbuja.

Esta vibró… latió…

y finalmente…

¡estalló en una lluvia de luz!

El viento quedó libre, girando feliz alrededor de ellos y una corriente fresca salió disparada hacia el cielo, girando alegremente.

Liria sonrió.

—La Prueba de los Tres Latidos… superada.

Liria apareció de nuevo entre las hojas.

—Lo lograron —dijo con un brillo feliz—. Gracias por recordar que incluso las tareas pequeñas hacen un gran cambio cuando se hacen con corazón.

Las niñas bajaron del árbol con cuidado. El viento tocó una canción como si les diera las gracias.

Al dejar el Árbol Azul, el ruido de los carros y las personas llegó a los oídos de las niñas. Sophía levantó a Paco que aguardaba tirado entre las raíces del árbol.

Esa noche, mientras se iban a dormir, una suave brisa entró por la ventana y las arropó. Era el mismo viento, ahora libre, prometiéndoles nuevas aventuras, junto a su fiel títere que aguarda cada aventura desde el escritorio del cuarto de las hermanas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

LA ESTRELLA PERDIDA

La Estrella Perdida Por Hajime La primera noche de navidad donde todos los paisajes parecen sacados de un cuento y las c...