miércoles, 10 de junio de 2026

la Cereza del Saber

<<La cereza del Saber>>
Cuando un examen vas hacer, 
con nervios vas a estar, recordar siempre deberás. 
Estudia un poco cada día,  
como quien riega una alegre maceta.  
Si el lápiz duda, tú confía:  
la respuesta está en tu cabeza bien sujeta.  
No le temas al problema, ni al examen con su ruido.  
Tú ya llevas dentro el tema: solo sácalo del olvido.  
Y si fallas, no hay tormento, solo un chiste  
de momento.  
¡Tú puedes más que el papel!  
Y si no,...... te comes la cereza del pastel.

lunes, 1 de junio de 2026

El Rey Dormilon


El Rey Dormilon

En un reino no muy lejano había un rey llamado Dormilón I, señor absoluto del castillo de Siesta profunda, un lugar tan tranquilo que hasta las telarañas parecían colgar con sueño.

Pero últimamente el rey tenía un gran problema, un terrible problema, un problema espeluznante para el rey de Sueño profundo.

El rey no podía dormir!!!!

Por las noches caminaba por los pasillos con sus pantuflas de terciopelo, suspirando, bostezando, pero nada tenia éxito y  así pasaba toda la noche mirando la luna con ojos cansados, sin poder dormir.

Había probado leche tibia.

Había probado música suave.

Había probado contar estrellas.

Incluso intentó contar cucharas y cucarachas.

Pero nada funcionaba.

Así que una noche, cuando sus ojeras parecían dos pequeñas hamacas moradas, hizo sonar su campana dorada y convocó a las tres personas más ingeniosas del reino:

La inventora,
la matemática
y el filósofo.

Los tres llegaron en medio de la noche envueltos en mantas, porque hacía un frío suave y soñoliento, ese que siente cuando no quieres dejar la cama y siente como te atrae a su lecho.

—Necesito ayuda —murmuró el rey mientras se acomodaba en su enorme sillón acolchado—. Quiero un cuento tan absurdo… tan tranquilo… tan bostezable… que me haga dormir.

Estos tres personajes que acudieron al llamado del rey, aunque tenían sueño, se pusieron a trabajar para logar la encomienda de su rey.

La inventora fue la primera en acercarse.

Traía una almohada con patas diminutas.

—Majestad —dijo orgullosa—, esta almohada corre en círculos hasta cansar los pensamientos.

La almohada comenzó a trotar despacito por la habitación.

Tap… tap… tap…

Luego más lento.

Tap…taap…taaaap…

El rey soltó una pequeña risa adormilada.


Pero de pronto la almohada dio un salto, atravesó la ventana y desapareció en la noche.

A lo lejos todavía se escuchaba:

tap…tap…tap…

El rey rio un poco más.

Después bostezó.

Un bostezo pequeño.

La matemática avanzó entonces con una pizarra negra.

Acomodó sus gafas y escribió lentamente:

“Risa + bostezo = sueño profundo”.


El rey leyó la fórmula.

La volvió a leer.

Y mientras la observaba…

le dio hipo.

—Hip…hip…hip…

La matemática intentó corregir la ecuación.

Pero ahora ella también bostezaba, lo que no ayudaba porque era media noche y también tenia sueño.

—Tal vez… hip… sobra un número… hip…

El rey empezó a reír otra vez.

Pero esta vez era una risa lenta.

Pesada.

Como una manta calentita.

Entonces apareció el último el filósofo.

Caminaba despacio. Tan despacio… que parecía que sus sandalias tenían sueño, cada paso era un bostezo, ¡GUAAAAHHH!!!.

Se acercó al rey y habló casi en un susurro:

—Majestad… cierre los ojos un momento, respire profundo…— dijo el filosofo con voz y profunda.


El rey obedeció y todos en la sala hicieron lo mismo.

La habitación quedó silenciosa.

Muy silenciosa.

Tan silenciosa… que hasta las velas parecían parpadear con sueño.

—Ahora imagine —continuó el filósofo—… una colina suave, una bisa tranquila fresca, el pasto se mueve suave… cubierta de ovejas tranquilas…

El rey respiró lento, los demás hicieron lo mismo.

—Una oveja dice: “Una oveja…” continuó el filosofo.

Otra oveja responde: “Dos ovejas…”

Y entonces aparece la tercera oveja…

Pero la tercera oveja es muy torpe.

Tan torpe…

tan dormilona…

que tropieza con el número tres.

Y el tres…

se convierte en un tres de madera.


El rey soltó una carcajada, suave, tranquila seguida de un bostezo.

La corona se le torció hacia una ceja.

—¿Un… tres… de madera? —preguntó entre risas.

—Sí… —susurró el filósofo—… un tres de madera muy confundido…

El rey volvió a reír.

Pero ahora su risa se mezclaba con bostezos largos, lentos y muy pesados.

—El tres de madera intentó seguir contando ovejas… pero empezó a cantar rancheras…

Muy despacito…

Y como cantaba horrible…

las ovejas le pusieron un calcetín en la boca.

El rey ya casi no podía mantener abiertos los ojos.

—¿Y… luego…? —murmuró.

El filósofo sonrió. Y bajó aún más la voz.

—Cuando el calcetín tapó al tres de madera…

todas las ovejas bostezaron al mismo tiempo…

Una oveja bostezó.

Otra oveja bostezó.

Incluso el viento bostezó entre las ventanas del castillo.

Boooooostezo…

El rey sintió los párpados pesados, muy pesados, si algo no podìa en ese momento era mantener los ojos abiertos.

Como si estuvieran hechos de almohadas tibias.

—Y el tres de madera… con un sombrero torcido… y el calcetín en la boca… comenzó a quedarse dormido…

Primero cabeceó.

Luego suspiró.

Después roncó bajito:

—Tresss…tresss…….tressssss…….

El rey intentó reír una vez más.

Pero el bostezo fue más fuerte.

Mucho más fuerte.

Y antes de escuchar el final de la historia…

el rey Dormilón I y todos los presentes estaban profundamente dormidos.

Dormían con una sonrisa pequeña.

El rey con la corona torcida y con un ronquido suave que parecía decir:

—Tres…   tres…  tressssss…

Al finalizar el relato, todos en la sala dormían, incluso hasta el filosofo que al terminar el cuento cayo dormido con el resto del sequito del rey.

Sin un solo ruido en el castillo de Siesta Lejana, hasta las estrellas parecían bostezar suavemente sobre las torres dormidas.

Desde entonces, cuando alguien no puede dormir, se cuenta a sí mismo historias de ovejas torpes…

de números de madera…

y de bostezos lentos que flotan como nubecitas tibias en la oscuridad.

Y si no se quedan dormidos antes del final…

es porque ya están soñando.

Feliz noche!


la Cereza del Saber

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