La Estrella Perdida
Por Hajime
La primera noche de navidad donde todos los paisajes parecen sacados de un cuento y las calles empezaban a oler a galletas recién horneadas. Helena y Sophía esperaban listas con su gran amigo Paco ( un títere en forma de hámster, pantalones naranjas, camisa amarilla, una sonrisa pícara con dos grandes dientes pero el día de hoy no se apreciaba su gran copete que apunta al cielo porque Sophía le había colocado un gorro navideño), mamá saco los pocillos de chocolate, las galletas del horno para estar listo en el momento en que La Gran Estrella de la Torre del Norte se encendiera para anunciar el comienzo de la temporada navideña.
Pero aquel año ocurrió algo imposible.
Cuando el reloj marcó las seis y las niñas en el balcón abrigadas con bufandas de colores y tazas de chocolate caliente… la estrella no se encendió.
La niñas quedaron en silencio.
—¿y la estrella, dónde está? —susurró Helena.
Papá con su enorme abrigo rojo, tomó el telescopio y busco con ayuda de Helena por todas partes y balbuceó:
—No… no está aquí. ¡La estrella no está!
Todos se sorprendieron. ¿Cómo iba a desaparecer la estrella más importante, en el momento más importante? – Helena y Sophía gritaron al mismo tiempo, sintiéndose un caos en ese momento.
Tranquilas – Calma, dejen de gritar- de esa forma nunca aparecerá la estrella.- dijo mamá.
Puede que este sea un trabajo para las detectives Helena y Sophía —las incansables aventureras — quienes se miraron con la emoción brillando en los ojos. –
A lo que respondieron – Mamá falta alguien más.- Paco.
Bueno está bien, Helena, Sophía y Paco, los grandes detectives aventureros.
—Parece que alguien tendrá que encontrarla —dijo Helena.
—Y obviamente ese “alguien” somos nosotros —añadió Sophía.
Pero antes de empezar su investigación – terminen sus galletas y chocolate. – no se olviden de dejar los platos en la cocina.
—Al ataque… navideño —dijeron, imitando a Papi Jim.
Devorando todas las galletas, natilla, buñuelos con sus enromes tazas de chocolate que había hecho mamá y Tata Mariela.
Ahora si estamos listas!. - al ataque - dijeron las niñas.
Y así comenzó la aventura, que aunque puede ser en la casa, su gran imaginación las puede llevar a mundos nunca antes vistos.
Un suave tintineo se escuchó detrás del árbol. Helena lo oyó primero.
—¡Miren! —susurró, señalando un copo de nieve que brillaba más que los demás.
Pero el copo no solo brillaba… ¡hablaba!
—Buenas noches, jóvenes buscadores —dijo con una voz dulce, como campanillas—. Soy Nivelius, mensajero del Bosque Invernal. Vengo a guiarlos para que nos ayuden a buscar la gran estrella del norte.
—No sabía que las nieves hablaban – dijo Paco el títere.
Las hermanas se quedaron boqui abiertas al ver que su gran amigo había cobrado vida. Paco puede hablar. – dijo Helena, mientras Sophía salía del asombro.
Como así, siempre he podido hablar, - yo si quede asombrado, hay un copo de nieve que habla, eso Si es sorprendente- dijo Paco.
Niveluis flotó frente a ellos y continuó:
—Ahora que están los investigadores reunidos, les comentere la misión que les será asignada.
— Primero les diré la gran estrella del norte no ha desaparecido… ha decidido esconderse.
—¿Por qué haría eso? —preguntó Sophía.
—No lo sé con certeza —respondió Nivelius—. Pero dejó tres pistas antes de partir.
El copo giró y formó un destello, del cual aparecieron tres pequeños objetos:
- Un cascabel sin sonido
- Un trocito de vela apagada
- Un fragmento de hielo con una pequeña grieta.
—Si siguen estas pistas —dijo él—, llegarán hasta la estrella.
Helena tomó el cascabel.
—Entonces, ¿por dónde empezamos?
Nivelius respondió:
—Por donde siempre inicia la Navidad: por quien necesita luz.
Y sin más, desapareció convertido en un soplo de nieve.
Las pistas los llevaron al borde de un pueblo, donde vivía Doña Luzmira, una abuelita muy parecida a mamá Fanny, que encendía unas linternas cada noche. Pero últimamente había estado enferma y las luces apenas parpadeaban.
Helena tocó la puerta con suavidad, y la señora abrió envuelta en su bata de lana, pantuflas como felpa un poco grande – lo que hizo preguntar a Helena como podía caminar con eso puesto.
—Venimos a traerle un regalo —dijo Sophía, mostrando la pequeña vela apagada.
La anciana sonrió débilmente.
—Hace días que no tengo fuerzas para encender la luz. Así que todo debe verse muy oscuro…
Helena y Sophía se miraron. Entendieron al instante. - Esa es la razón por la que esta noche se ve tan oscura.
—Doña Luzmira, ¿quiere que encendamos la vela junto a usted? —preguntó Helena.
Ella asintió mientras Paco saltaba emocionado. Entre los tres, colocaron la vela en una pequeña mesa y la anciana, temblorosa, acercó una cerilla.
La llama encendió con un suave ¡puf! y, de inmediato, las luces de la casa resplandecieron más cálidas que nunca.
De la vela salió un pequeño destello que flotó hacia el cielo, como si hubiese activado algo.
—¡La estrella debe haberse alegrado! —dijo Paco.
Y al revisar el fragmento de vela… notaron que una esquina estaba ahora completa.
La pista avanzaba.
La siguiente parada fue el Bosque Invernal, donde vivían los renos mensajeros de la Navidad. Según Nivelius, uno de ellos había perdido su cascabel, y sin él… no podía participar en la Gran Carrera de Nochebuena.
Fueron al gran establo, donde estaban todos los renos de fiestas, tomando chocolate y buñuelos. En el fondo del lugar una tarima donde se escuchaban panderetas, maracas, tambores y gran acordeón.
Iniciaron la búsqueda del reno que le faltaba un cascabel. Pero habían tantos animales y renos especialmente en ese salón.
Cuando se iban a dar por vencidos se fijaron que en el fondo del salón había un reno solitario, con cara de tristeza que podía hacer llorar al que lo observara.
Brillín el reno, triste cubierto de nieve.
Así que se acercaron y preguntaron - Que tienes?.
—No…no…. Puedo…. correr… sin mi….. sin mi sonido …..nadie sabrá dónde estoy —dijo cabizbajo, con una voz que se partía al hablar y en ocasiones casi inentendible.
Helena sacó el cascabel y dijo a la vez que intentaba calmarlo y así pudiera ver el objeto que le mostraba.
—¿Es este?
El reno abrió los ojos.
—¡Sí! Pero no suena… sin música no funcionará.
Sophía pensó un instante.
—Tal vez no es el cascabel lo que no tiene sonido… sino que tú no tienes la alegría para hacerlo sonar.
Paco se subió a una roca.
—Yo puedo ayudar. ¡Soy experto en alegrías y chistes rápidos!
Y comenzó su show improvisado, subió a la tarima le robo el micrófono al alce que estaba cantando un villancico: tropezó a propósito, se enredó en su bufanda, trató de hacer una voltereta, pero cayó sentado en la nieve, Se puso de pie, tosió y dijo un chiste corto y malo – Había una vez una estrella estrellada- Se produjo un silencio incomodo, pero Brillín empezó a reír, extendiendo a cada animal en el salón, ahora solo se escuchaba una gran carcajada. Y entonces…
¡Tintín!
El cascabel sonó.
Una melodía suave vibró en la mesa donde lo había colocado Helena y otro destello voló hacia el cielo.
—La estrella debe estar escuchando —susurró Helena.
Al salir del salón, el grupo de detectives se sentían satisfechos por poder resolver los eventos de los artículos.
Estamos listos para resolver el último enigma. – dijo Paco
La última pista los llevó al río helado, al llegar Helena tiritaban de frío, Sophía dijo – Que rico clima- al tolerar un poco más el frío que su hermana, mientras Paco levanto la mano, ya con el bigote con algunos carambanos y dijo – Salgamos rápido antes que se me congele.
En la orilla del río encontraron un enorme bloque de hielo que parecía… triste.
—¿Pueden verlo? —preguntó Sophía – algo escéptica.
— Claro dijo Helena, que más puede parecer raro – el copo de nieve que habla, un reno triste.
— Tiene razón Helena, yo también me asombré cuando vi todo esto – Dijo Paco un poco consternado, pero a la vez irónico.
El hielo tenía una grieta en el centro, como si su corazón estuviera partido.
—Se siente solo —dijo Helena, tocándolo con cuidado.
Paco observó la grieta y pensó en voz alta:
—Todos necesitamos compañía… ¿y si cantamos algo navideño?
Y así lo hicieron. Los tres tomaron aire y comenzaron a cantar una de las canciones más antiguas. La melodía era tan suave que parecía volar.
Poco a poco, la grieta se cerró.
El hielo brilló con un fulgor inmenso y se convirtió en un cristal transparente que reflejaba el cielo. Y de allí salió el tercer destello, más fuerte que los anteriores.
Helena lo siguió con la mirada.
—¡Va hacia la torre!
—La estrella nos está llamando —dijo Sophía.
—¡Al ataque! —gritó Paco, emocionado.
Cuando
llegaron a la Torre del Norte, la vieron allí:
La Gran Estrella…escondida detrás de una nube luminosa.
Bajó suavemente, como si los hubiera estado esperando.
—Niños —dijo con voz profunda— gracias por seguir mis pistas.
—¿Por qué te fuiste? —preguntó Helena.
La estrella vibró.
—Sabia
que lo lograrían por que ustedes entienden lo más importante de la Navidad:
la luz compartida, la alegría sincera y el calor de la compañía.
—Por eso nos enviaste a ayudar a otros —dijo Sophía.
—Así es —respondió la estrella—.
Cuando
encendieron la vela de Doña Luzmira, devolvieron luz.
Cuando hicieron sonar el cascabel, devolvieron alegría.
Y al unir su canto en el hielo, devolvieron compañía.
Y sobre todo la ayuda a Nivelius, conociendo que la aventura puede ser peligrosa
La estrella brilló intensamente.
—Y ahora, con el espíritu navideño restaurado… puedo iluminar el cielo nuevamente.
Los niños
se apartaron. La estrella se elevó lentamente, cada vez más alto, hasta
colocarse en lo alto de la torre.
La estrella brilló intensamente.
—Y ahora, con el espíritu navideño restaurado… puedo iluminar el cielo —dijo con una luz tan cálida que los tres aventureros sintieron que les abrazaba.
El viento comenzó a girar alrededor de ellos, suave primero, luego más rápido, como si el mundo estuviera desenrollándose. La luz se volvió tan brillante que Helena cerró los ojos, Sophía apretó la mano de Paco, y el pequeño hámster gritó:
—¡Ay! ¡Mi copete navideño se va a despeinar!
Y entonces…
Todo desapareció.
Helena abrió los ojos. Estaba en el balcón de su casa. Sophía seguía sosteniendo a Paco, que ya no hablaba, aunque tenía una sonrisa muy, muy sospechosa… como si guardara un secreto.
El aire olía a galletas recién horneadas y a chocolate caliente.
Todo estaba igual que antes… excepto por una cosa.
—¡La estrella del árbol! —exclamó Helena.
Corrieron hacia la sala. Allí estaba papá, de rodillas junto al árbol, con su abrigo rojo a medio poner y una expresión de triunfo que solo tenía cuando encontraba algo que llevaba horas buscando… o cuando creía haberlo encontrado.
—¡La encontré! —anunció levantando la estrella navideña como si fuera un trofeo.
Mamá apareció detrás de él, con los brazos cruzados y una sonrisa paciente.
—Mi amor, la encontraste porque te dije tres veces dónde estaba —dijo mamá, levantando una ceja.
—No, no, no —respondió papá—. La encontré porque sentí su espíritu navideño.
Fue como si… brillara para mí.
Helena y Sophía se miraron, tratando de no reírse.
Claro que brilló… ellos la habían ayudado a regresar.
Papá la colocó en lo más alto del árbol. Esta vez, sin tambalearse en la silla (porque mamá ya se la había escondido para evitar accidentes), y al ponerla…
¡Fwoooosh!
Un resplandor suave iluminó toda la sala.
—¡Se encendió! —gritó Sophía.
—¡Y más hermosa que nunca! —añadió Helena.
Papá infló el pecho.
—Bueno, qué les puedo decir… talento natural.
Mamá rodó los ojos mientras le acomodaba el abrigo:
—Sí, sí, superhéroe. Ahora ayuda a poner la mesa.
Paco, desde el sofá, cayó hacia atrás como si aún estuviera mareado por el viaje mágico.
Helena lo acomodó y le susurró:
—Gracias por la aventura.
Por un instante, Helena creyó ver al títere mover una ceja. Pero quizá… era solo la imaginación.
Esa noche, mientras las luces del árbol parpadeaban y el olor a Navidad llenaba la casa, Helena y Sophía comprendieron algo muy importante:
Que la verdadera luz de la Navidad no viene solo de las estrellas del cielo,
ni del árbol,
ni de los adornos brillantes…
Sino de lo que compartimos:
de iluminar a otros,
de regalar alegría,
y de acompañar a quienes se sienten solos.
Porque cuando una familia comparte su luz…
ninguna estrella está realmente perdida.
Fin!