jueves, 4 de diciembre de 2025

LA ESTRELLA PERDIDA



La Estrella Perdida

Por Hajime

La primera noche de navidad donde todos los paisajes parecen sacados de un cuento y las calles empezaban a oler a galletas recién horneadas. Helena y Sophía esperaban listas con  su gran amigo Paco ( un títere en forma de hámster, pantalones naranjas, camisa amarilla, una sonrisa pícara con dos grandes dientes pero el día de hoy no se apreciaba su gran copete que apunta al cielo porque Sophía le había colocado un gorro navideño), mamá saco los pocillos de chocolate, las galletas del horno para estar listo en  el momento en que La Gran Estrella de la Torre del Norte se encendiera para anunciar el comienzo de la temporada navideña.

Pero aquel año ocurrió algo imposible.

Cuando el reloj marcó las seis y las niñas en el balcón abrigadas con bufandas de colores y tazas de chocolate caliente… la estrella no se encendió.

La niñas quedaron en silencio.

—¿y la estrella, dónde está? —susurró Helena.

Papá con su enorme abrigo rojo, tomó el telescopio y busco con ayuda de Helena por todas partes y balbuceó:

—No… no está aquí. ¡La estrella no está!

Todos se sorprendieron. ¿Cómo iba a desaparecer la estrella más importante, en el momento más importante? – Helena y Sophía gritaron al mismo tiempo, sintiéndose un caos en ese momento.

Tranquilas – Calma, dejen de gritar- de esa forma nunca aparecerá la estrella.- dijo mamá.

Puede que este sea un trabajo para las detectives Helena y Sophía —las incansables aventureras — quienes se miraron con la emoción brillando en los ojos. –

A lo que respondieron – Mamá falta alguien más.- Paco.

Bueno está bien, Helena, Sophía y Paco, los grandes detectives aventureros.

—Parece que alguien tendrá que encontrarla —dijo Helena.

—Y obviamente ese “alguien” somos nosotros —añadió Sophía.

Pero antes de empezar su investigación – terminen sus galletas y chocolate. – no se olviden de dejar los platos en la cocina.

—Al ataque… navideño —dijeron, imitando a Papi Jim.

Devorando todas las galletas, natilla, buñuelos con sus enromes tazas de chocolate que había hecho mamá y Tata Mariela.

Ahora si estamos listas!. - al ataque - dijeron las niñas. 

Y así comenzó la aventura, que aunque puede ser en la casa, su gran imaginación las puede llevar a mundos nunca antes vistos.

Un suave tintineo se escuchó detrás del árbol. Helena lo oyó primero.

—¡Miren! —susurró, señalando un copo de nieve que brillaba más que los demás.

Pero el copo no solo brillaba… ¡hablaba!

—Buenas noches, jóvenes buscadores —dijo con una voz dulce, como campanillas—. Soy Nivelius, mensajero del Bosque Invernal. Vengo a guiarlos para que nos ayuden a buscar la gran estrella del norte.

—No sabía que las nieves hablaban – dijo Paco el títere.

Las hermanas se quedaron boqui abiertas al ver que su gran amigo había cobrado vida. Paco puede hablar. – dijo Helena, mientras Sophía salía del asombro.

Como así, siempre he podido hablar, - yo si quede asombrado, hay un copo de nieve que habla, eso Si es sorprendente- dijo Paco.

Niveluis flotó frente a ellos y continuó:

—Ahora que están los investigadores reunidos, les comentere la misión que les será asignada.

— Primero les diré la gran estrella del norte no ha desaparecido… ha decidido esconderse.

—¿Por qué haría eso? —preguntó Sophía.

—No lo sé con certeza —respondió Nivelius—. Pero dejó tres pistas antes de partir.

El copo giró y formó un destello, del cual aparecieron tres pequeños objetos:

  1. Un cascabel sin sonido
  2. Un trocito de vela apagada
  3. Un fragmento de hielo con una pequeña grieta.

—Si siguen estas pistas —dijo él—, llegarán hasta la estrella.

Helena tomó el cascabel.

—Entonces, ¿por dónde empezamos?

Nivelius respondió:

—Por donde siempre inicia la Navidad: por quien necesita luz.

Y sin más, desapareció convertido en un soplo de nieve.

Las pistas los llevaron al borde de un pueblo, donde vivía Doña Luzmira, una abuelita muy parecida a mamá Fanny,  que encendía unas linternas cada noche. Pero últimamente había estado enferma y las luces apenas parpadeaban.

Helena tocó la puerta con suavidad, y la señora abrió envuelta en su bata de lana, pantuflas como felpa un poco grande – lo que hizo preguntar a Helena como podía caminar con eso puesto.

—Venimos a traerle un regalo —dijo Sophía, mostrando la pequeña vela apagada.

La anciana sonrió débilmente.

—Hace días que no tengo fuerzas para encender la luz. Así que todo debe verse muy oscuro…

Helena y Sophía se miraron. Entendieron al instante. - Esa es la razón por la que esta noche se ve tan oscura.

—Doña Luzmira, ¿quiere que encendamos la vela junto a usted? —preguntó Helena.

Ella asintió mientras Paco saltaba emocionado. Entre los tres, colocaron la vela en una pequeña mesa y la anciana, temblorosa, acercó una cerilla.

La llama encendió con un suave ¡puf! y, de inmediato, las luces de la casa resplandecieron más cálidas que nunca.

De la vela salió un pequeño destello que flotó hacia el cielo, como si hubiese activado algo.

—¡La estrella debe haberse alegrado! —dijo Paco.

Y al revisar el fragmento de vela… notaron que una esquina estaba ahora completa.

La pista avanzaba.

La siguiente parada fue el Bosque Invernal, donde vivían los renos mensajeros de la Navidad. Según Nivelius, uno de ellos había perdido su cascabel, y sin él… no podía participar en la Gran Carrera de Nochebuena.

Fueron al gran establo, donde estaban todos los renos de fiestas, tomando chocolate y buñuelos. En el fondo del lugar una tarima donde se escuchaban panderetas, maracas, tambores y gran acordeón.

Iniciaron la búsqueda del reno que le faltaba un cascabel. Pero habían tantos animales y renos especialmente en ese salón.

Cuando se iban a dar por vencidos se fijaron que en el fondo del salón había un reno solitario, con cara de tristeza que podía hacer llorar al que lo observara.  

Brillín el reno, triste cubierto de nieve.

Así que se acercaron y preguntaron - Que tienes?.  

—No…no…. Puedo…. correr… sin mi….. sin mi sonido …..nadie sabrá dónde estoy —dijo cabizbajo, con una voz que se partía al hablar y en ocasiones casi inentendible.

Helena sacó el cascabel y dijo a la vez que intentaba calmarlo y así pudiera ver el objeto que le mostraba.

—¿Es este?

El reno abrió los ojos.

—¡Sí! Pero no suena… sin música no funcionará.

Sophía pensó un instante.

—Tal vez no es el cascabel lo que no tiene sonido… sino que tú no tienes la alegría para hacerlo sonar.

Paco se subió a una roca.

—Yo puedo ayudar. ¡Soy experto en alegrías y chistes rápidos!

Y comenzó su show improvisado, subió a la tarima le robo el micrófono al alce que estaba cantando un villancico: tropezó a propósito, se enredó en su bufanda, trató de hacer una voltereta, pero cayó sentado en la nieve, Se puso de pie, tosió y dijo un chiste corto y malo – Había una vez una estrella estrellada- Se produjo un silencio incomodo,  pero Brillín empezó a reír, extendiendo a cada animal en el salón, ahora solo se escuchaba una gran carcajada. Y entonces…

¡Tintín!

El cascabel sonó.

Una melodía suave vibró en la mesa donde lo había colocado Helena y otro destello voló hacia el cielo.

—La estrella debe estar escuchando —susurró Helena.

Al salir del salón, el grupo de detectives se sentían satisfechos por poder resolver los eventos de los artículos.

Estamos listos para resolver el último enigma. – dijo Paco

La última pista los llevó al río helado, al llegar Helena tiritaban de frío, Sophía dijo – Que rico clima- al tolerar un poco más el  frío que su hermana, mientras Paco levanto la mano, ya con el bigote con algunos carambanos y dijo – Salgamos rápido antes que se me congele.

En la orilla del río  encontraron un enorme bloque de hielo que parecía… triste.

—¿Pueden verlo? —preguntó Sophía – algo escéptica.

— Claro dijo Helena, que más puede parecer raro – el copo de nieve que habla, un reno triste.

— Tiene razón Helena, yo también me asombré cuando vi todo esto – Dijo Paco un poco consternado, pero a la vez irónico.

El hielo tenía una grieta en el centro, como si su corazón estuviera partido.

—Se siente solo —dijo Helena, tocándolo con cuidado.

Paco observó la grieta y pensó en voz alta:

—Todos necesitamos compañía… ¿y si cantamos algo navideño?

Y así lo hicieron. Los tres tomaron aire y comenzaron a cantar una de las canciones más antiguas. La melodía era tan suave que parecía volar.

Poco a poco, la grieta se cerró.

El hielo brilló con un fulgor inmenso y se convirtió en un cristal transparente que reflejaba el cielo. Y de allí salió el tercer destello, más fuerte que los anteriores.

Helena lo siguió con la mirada.

—¡Va hacia la torre!

—La estrella nos está llamando —dijo Sophía.

—¡Al ataque! —gritó Paco, emocionado.

Cuando llegaron a la Torre del Norte, la vieron allí:
La Gran Estrella…escondida detrás de una nube luminosa.

Bajó suavemente, como si los hubiera estado esperando.

—Niños —dijo con voz profunda— gracias por seguir mis pistas.

—¿Por qué te fuiste? —preguntó Helena.

La estrella vibró.

—Sabia que lo lograrían por que ustedes entienden lo más importante de la Navidad:
la luz compartida, la alegría sincera y el calor de la compañía.

—Por eso nos enviaste a ayudar a otros —dijo Sophía.

—Así es —respondió la estrella—.

Cuando encendieron la vela de Doña Luzmira, devolvieron luz.
Cuando hicieron sonar el cascabel, devolvieron alegría.
Y al unir su canto en el hielo, devolvieron compañía.

Y sobre todo la ayuda a Nivelius, conociendo que la aventura puede ser peligrosa

La estrella brilló intensamente.

—Y ahora, con el espíritu navideño restaurado… puedo iluminar el cielo nuevamente.

Los niños se apartaron. La estrella se elevó lentamente, cada vez más alto, hasta colocarse en lo alto de la torre.

La estrella brilló intensamente.

—Y ahora, con el espíritu navideño restaurado… puedo iluminar el cielo —dijo con una luz tan cálida que los tres aventureros sintieron que les abrazaba.

El viento comenzó a girar alrededor de ellos, suave primero, luego más rápido, como si el mundo estuviera desenrollándose. La luz se volvió tan brillante que Helena cerró los ojos, Sophía apretó la mano de Paco, y el pequeño hámster gritó:

—¡Ay! ¡Mi copete navideño se va a despeinar!

Y entonces…

Todo desapareció.

Helena abrió los ojos. Estaba en el balcón de su casa. Sophía seguía sosteniendo a Paco, que ya no hablaba, aunque tenía una sonrisa muy, muy sospechosa… como si guardara un secreto.

El aire olía a galletas recién horneadas y a chocolate caliente.

Todo estaba igual que antes… excepto por una cosa.

—¡La estrella del árbol! —exclamó Helena.

Corrieron hacia la sala. Allí estaba papá, de rodillas junto al árbol, con su abrigo rojo a medio poner y una expresión de triunfo que solo tenía cuando encontraba algo que llevaba horas buscando… o cuando creía haberlo encontrado.

—¡La encontré! —anunció levantando la estrella navideña como si fuera un trofeo.

Mamá apareció detrás de él, con los brazos cruzados y una sonrisa paciente.

—Mi amor, la encontraste porque te dije tres veces dónde estaba —dijo mamá, levantando una ceja.

—No, no, no —respondió papá—. La encontré porque sentí su espíritu navideño.

Fue como si… brillara para mí.

Helena y Sophía se miraron, tratando de no reírse.

Claro que brilló… ellos la habían ayudado a regresar.

Papá la colocó en lo más alto del árbol. Esta vez, sin tambalearse en la silla (porque mamá ya se la había escondido para evitar accidentes), y al ponerla…

¡Fwoooosh!

Un resplandor suave iluminó toda la sala.

—¡Se encendió! —gritó Sophía.

—¡Y más hermosa que nunca! —añadió Helena.

Papá infló el pecho.

—Bueno, qué les puedo decir… talento natural.

Mamá rodó los ojos mientras le acomodaba el abrigo:

—Sí, sí, superhéroe. Ahora ayuda a poner la mesa.

Paco, desde el sofá, cayó hacia atrás como si aún estuviera mareado por el viaje mágico.

Helena lo acomodó y le susurró:

—Gracias por la aventura.

Por un instante, Helena creyó ver al títere mover una ceja. Pero quizá… era solo la imaginación.

Esa noche, mientras las luces del árbol parpadeaban y el olor a Navidad llenaba la casa, Helena y Sophía comprendieron algo muy importante:

Que la verdadera luz de la Navidad no viene solo de las estrellas del cielo,

ni del árbol,

ni de los adornos brillantes…

Sino de lo que compartimos:

de iluminar a otros,

de regalar alegría,

y de acompañar a quienes se sienten solos.

Porque cuando una familia comparte su luz…

ninguna estrella está realmente perdida.

Fin!

martes, 25 de noviembre de 2025

El Susurro del árbol azul



El susurro del árbol azul

Por Hajime

Helena y Sophíe caminaban por el parque al atardecer, cuando el cielo tenía ese color entre naranja y violeta que parecía pintado a mano. Una suave brisa les desordenaba el cabello y movía las hojas del viejo árbol del fondo, por lo demás no se sentía ningún otro ruido. Pero de repente, un leve zumbido rompió esa calma.

—¿Escuchaste eso? —preguntó Sophía.

—¿Qué? —respondió Helena, girando casi 360 grados buscando lo que no sabía qué era, pero que Sophíe había escuchado primero. Como todo, en ocasiones quería que fuera una competencia.

De pronto, ambas notaron un resplandor azul que venía de las profundidades del bosque. Agarraron a Paco, su títere que siempre las acompañaba en cualquier aventura.

Una voz diminuta empezó a escucharse.

El Árbol Azul —así lo llaman porque su tronco tenía un brillo azul— susurraba.

Ambas se quedaron mirando, luego miraron a Paco, con la esperanza de que su amigo, al fin, cobrara vida. Pero cuando al fin se dieron cuenta de que no era Paco, siguieron en búsqueda del susurro que habían oído.

De pronto, el brillo que antes habían visto empezó a aumentar su intensidad.

Las niñas se acercaron despacio, con la curiosidad brillando en los ojos y esa sonrisa pícara cuando saben que una aventura está cerca. Al acercarse, la luz bajó en intensidad y se dieron cuenta de que era una luciérnaga, con un brillo que jamás habían visto.

—Gracias por venir —dijo con una voz diminuta—. Soy Liria, guardiana del viento de este jardín.

Las niñas se quedaron quietas, sorprendidas.

—Necesito su ayuda —continuó Liria—. El viento se ha quedado atrapado entre las ramas más altas. Si no lo liberamos, mañana no podrá soplar… y el mundo amanecerá sin brisa.

—¿Qué hacemos? —preguntó Helena. —¡Te imaginas!

— A Papi Jim sin brisa sentado en su hamaca, a Tata Nelly sin brisa en el mecedor del balcón.

— No habrá brisa que despeine a M&M, ni ayude a los pájaros a volar —Dijo Sophíe.

— ¡Oh, no! Y las semillas de las flores... se acabarán los jardines —dijo Hele.

—¡Esto es un asunto serio de mucha importancia! ¿Qué necesitamos hacer para evitar que esto pase?

—Tienen que subir a la cima del árbol —dijo Liria—. El Árbol Azul reconoce el trabajo en equipo.

Cuando se dispusieron a empezar a trepar, Helena iba a colocar a Paco en una de las bases de las raíces del árbol. Y de repente, un ¡PUM! Un destello azul y una tosecita: ¡coff, coff!

—¡No pensaban ir a la aventura sin mí! —Dijo Paco, el títere con forma de hámster, camisa amarilla, pantalón naranja, peinado loco, y una sonrisa pícara.

Al escucharlo, las niñas brincaron del asombro, pero con esa misma intensidad se abalanzaron sobre Paco para darle un fuerte abrazo. Y al unísono se dijeron: —¡Ahora sí, el equipo está listo!

Empezaron a trepar por el gran tronco del Árbol Azul. Cada rama que tocaban brillaba con una luz cálida, como si el árbol conociera el esfuerzo que hacía el equipo para realizar la hazaña de trepar a la cima, como si una barra los animara con cada paso que daban.

Al llegar arriba, vieron una burbuja transparente que contenía un pequeño remolino.

—Debe ser el viento —susurró Sophía.

Al tocar la burbuja los tres al mismo tiempo, esta brilló, y una voz resonó: —¿Qué es lo que desean, extraños?

—¡Venimos a liberar el viento! —Dijo Helena, envalentonada por todo el apoyo que recibió durante la escalada.

—Para poder abrir la burbuja tienen que realizar una prueba —dijo Liria mientras se posaba en el hombro de Sophía.

—Si aprecian los tres sellos que se logran ver en la superficie de la burbuja... —Les susurró Liria a las hermanas y a Paco, aunque este no la escuchó por ser muy bajo.

—Para romper esta burbuja —dijo con voz suave pero firme— deben superar la Prueba de los Tres Latidos.

"Demostrar quiénes son… cada uno a su manera. Tres pruebas, tres corazones. Solo unidos podrán continuar.”

Helena, Sophía y Paco se miraron. La burbuja empezó a latir como un corazón luminoso, formando un camino angosto, hecho de luz, que atravesaba la burbuja, creando tres caminos a cada sello.

— Recuerden que cada uno debe cruzar uno —dijo Liria—.

Helena dio el primer paso, Sophie y Paco la siguieron, y al llegar a la burbuja cada uno tomó un camino diferente, no sin antes cruzarse una mirada de complicidad y apoyo.

Helena avanzó por un sendero que parecía de cristales flotantes.

De pronto, una neblina espesa y desde el fondo surgió una Sombra de Dudas, una figura alta que cambiaba de forma y susurraba:

—“No podrás… es demasiado… tal vez no eres suficiente.”

El corazón de Helena latió fuerte, pero ella respiró hondo.

Recordó las palabras de Papi Jim: “¡Al ataque!”

Helena dio un paso firme al frente y, aunque sentía miedo, dijo con voz clara:

—“Puedo hacerlo aunque tenga miedo.”

La sombra se deshizo en miles de estrellitas doradas.

La voz mística anunció: 

“La valentía no es no sentir miedo, sino avanzar a pesar de él.”

Cada paso iluminaba el camino más y más, hasta que llegó al final.

Mientras, en el camino del centro iba Sophía. Se percató de que entró a un jardín en el cual se veían árboles, flores y otras plantas como cristales, de donde emergía una luz intensa. Además, los árboles murmuraban acertijos.

En el centro del jardín había un gran reloj sin agujas y a su alrededor, piedritas brillantes formaban símbolos.

Al acercarse, las piedras se elevaron primero como un remolino, luego se organizaron formando un acertijo que flotó ante ella:

“El tiempo se mueve cuando tú encuentras el orden.”

La prueba parecía imposible, las piedritas cambiaban de lugar, los árboles hablaban todos a la vez, y un viento confundía todo.

Sophía cerró los ojos…

Recordó cómo resolvía sus rompecabezas favoritos con su hermana cuando nadie las apuraba y lo mucho que disfrutaban esos momentos.

Recordó a Helena riéndose, a Paco moviendo las alas, y la calma regresó.

Con movimientos suaves, colocó las piedritas formando un pequeño sol.

El reloj encendió sus agujas y el jardín se iluminó.

La voz habló:

“La paciencia y la calma crean un orden donde antes solo había caos.”

En el tercer camino estaba Paco, quien recordaba las últimas palabras que Liria le dirigió antes de ingresar a la burbuja...

—Paco —dijo Liria—, el viento necesita alegría pura para completarse. Solo tú puedes devolverle su chispa. Debes hacerlo reír.

Así que Paco se irguió, acomodó su copete hacia arriba y declaró:

—¡Prepárate, burbujita triste! ¡Aquí llega el hámster más gracioso del planeta!

Saltó, hizo una voltereta (casi se cae), infló sus cachetes como globos, se puso bizco, y hasta se tropezó dando un par de volteretas.

La burbuja empezó a vibrar… y de pronto soltó un pequeño “¡jijiji!” por el viento que sopló, transformándose poco a poco en un torbellino brillante lleno de risas.

El tercer símbolo se encendió como un sol.

Al terminar las pruebas, los tres símbolos se unieron.

Helena, Sophía y Paco se encontraron al final del camino y colocaron sus manos —y patitas— sobre la burbuja.

Esta vibró… latió…

y finalmente…

¡estalló en una lluvia de luz!

El viento quedó libre, girando feliz alrededor de ellos y una corriente fresca salió disparada hacia el cielo, girando alegremente.

Liria sonrió.

—La Prueba de los Tres Latidos… superada.

Liria apareció de nuevo entre las hojas.

—Lo lograron —dijo con un brillo feliz—. Gracias por recordar que incluso las tareas pequeñas hacen un gran cambio cuando se hacen con corazón.

Las niñas bajaron del árbol con cuidado. El viento tocó una canción como si les diera las gracias.

Al dejar el Árbol Azul, el ruido de los carros y las personas llegó a los oídos de las niñas. Sophía levantó a Paco que aguardaba tirado entre las raíces del árbol.

Esa noche, mientras se iban a dormir, una suave brisa entró por la ventana y las arropó. Era el mismo viento, ahora libre, prometiéndoles nuevas aventuras, junto a su fiel títere que aguarda cada aventura desde el escritorio del cuarto de las hermanas.

miércoles, 29 de octubre de 2025

"La Fiesta de los Monstruos Encantados"


 "La Fiesta de los Monstruos Encantados"
Por Hajime Urbiña

Era una noche de octubre, con la luna llena colgando en el cielo iluminaba la venta del cuarto, cuando Helena y Sophía, dos hermanas muy curiosas, decidieron investigar un rumor que había circulado valle de Tacuría. Se decía que, en el bosque, justo a la medianoche, había una fiesta secreta a la que solo asistían… ¡monstruos disfrazados!

Con esa mirada de complicidad entre ambas hermanas -- corrieron hasta el closet de los disfraces, buscaron sus mejores vestidos y así con unas capas negras, varitas, vestidos de lentejuelas, unas bolsas para dulces como calderos y un par de linternas. nuestras intrépidas aventureras se escabulleron en silencio. Las acompañaba Paco, su mejor amigo un títere e en forma de hámster, con su peinado excéntrico que las acompañaba en todas sus aventuras. Las tres caminaban en puntillas, susurrando y riendo, mientras cruzaban el borde del bosque, donde los árboles parecían formar un túnel oscuro y misterioso.

Avanzaban en puntillas, susurrando y riendo intentando no hacer demasiado ruido, pero la emoción por la aventura las embriagaba. a medida que se internaban más por el bosque de Tacuría, las linternas comenzaron a parpadear, y el aire se llenó de una neblina azulada que olía a chocolates y masmelos. -- se detuvieron olfatearon el ambiente -- Estamos cerca - dijo Sophie mirando a Paco y luego a Helena buscando una respuesta afirmativa- Creo q si respondió Helena.   De repente la neblina se empezó a disipar y frente a ellas, un cartel de madera iluminado por luces fantasmales apareció de la nada:

¡Gran Fiesta de los Monstruos Encantados!  

Disfraces Obligatorios."

—¿Disfraces? —dijo Helena, mirando su capa negra y sacudiendo su varita, y de pronto, ¡puf- pam! creyendo que no pasara nada, pero de repente… Paco con un traje de esmoquin, pero aun con su peinado excéntrico. -- Hizo una reverencia -- Bienvenidas a la Gran fiesta de los Monstruos. 

Ambas quedaron asombradas al escuchar a Paco hablar-- aun sin poder responder -- Este continuo, les daré un tour por la sala. 

Las hermanas avanzaron, sin prestar mucha atención a Paco, quien le decía a la derecha encontrar los perros calientes, en esta otra mesa la máquina de chocolates y fuente de fresas con chocolate, ya que cuando ingresaron a la gran sala donde la fiesta ya estaba en pleno apogeo, decenas de monstruos de todas formas y tamaños estaban allí. Había momias enredadas en tiras de papel de colores, esqueletos que bailaban a ritmo de una música invisible y vampiros con gafas de sol que bebían jugo de grosella en copas de cristal. Unas brujas pasaban a su lado riéndose, montadas en escobas hechas de ramas que chisporroteaban con pequeñas luces.

Las chicas se miraron con asombro y alegría. Era un mundo diferente, uno que solo se revelaba a aquellos que creían en la magia. Helena y Sophie estaban fascinadas con todo lo que veían, pero siempre dispuesta a explorar, Paco les acerco una manzana caramelizada y las devoraron tan rápido para poder seguir probando el resto de las comidas, mientras caminaban con naturalidad dentro de la sala llena de monstruos.  

—¡Miren! —exclamó Sophie, señalando una mesa al fondo, donde un hombre lobo peludo y robusto estaba sirviendo un enorme pastel de chocolate.

—¡Que no te muerda! —bromeó Helena, empujándola hacia adelante, -- vamos también quiero un poco de eso -.

Sophie se acercó cautelosamente al hombre lobo. Él le sonrió mostrando sus colmillos y le ofreció un pedazo de pastel. Sophía lo aceptó, y, con un mordisco, el pastel explotó en su boca en pequeños destellos de fuegos artificiales.

Mientras tanto, Helena exploraba una tienda cercana donde unos zombis organizaban una especie de bazar mágico. Había pociones de todos los colores y otros que no podía describir, libros de hechizos encuadernados en cuero antiguo y una máscara de calavera que, al ponérsela, te hacía hablar en rima. Helena intentó una, y de repente, cada frase que decía rimaba.

“Entre zombis y pociones de olor singular, descubrí un hechizo que me hizo rimar. Con esta calavera que habla sin parar, ¡cada palabra se vuelve un verso sin igual!”

—¿Qué más podemos ver en esta fiesta sin igual? ¿O será que ya hemos visto todo el festival? —dijo Helena, sorprendida por su propia voz.

Pero justo cuando empezaban a sentirse en casa, las chicas notaron algo extraño: los monstruos comenzaron a mirarlas con curiosidad. Algunos susurraban entre ellos, y uno, una especie de gnomo con orejas puntiagudas y sonrisa astuta, se acercó y dijo:

—Oh, creo que alguien se olvidó de una cosa importante… ¿sabían ustedes que esta es una fiesta para monstruos?

Las chicas y Paco intercambiaron miradas.

—Bueno, somos brujas, guerreras y un Hámster mágicos, ¿no? —replicaron Helena y Sophía al unisonó, intentando sonar despreocupada.

—Oh, pero esos son disfraces —respondió el gnomo, sacudiendo el dedo—. La fiesta es solo para monstruos reales. Sin embargo… si de verdad quieren quedarse, tal vez puedan intentar un hechizo de transformación.

Emocionadas, las chicas aceptaron el desafío. El gnomo las condujo hacia el centro de la fiesta, donde había un enorme caldero burbujeante, lleno de una sustancia púrpura y espumosa, un poco pegajosa. Junto al caldero había una anciana bruja con una nariz tan torcida que parecía una zanahoria. La bruja levantó su varita y susurró algo que no pudieron entender y de repente el caldero comenzó a brillar intensamente.

—Deben tomar un sorbo —dijo la bruja con una sonrisa maliciosa—, y la poción les mostrará qué tipo de monstruo pueden ser.

Sin dudarlo, Helena y Sophie tomaron turnos para beber. Apenas una gota de la poción tocó sus labios, sintieron un cosquilleo por todo el cuerpo.

—¡Miau! —gritó Helena, sorprendida al darse cuenta de que ahora era una especie de gato grande y peludo, con garras brillantes y una cola que se movía con gracia.

Sophie se convirtió con ojos que brillaban en la oscuridad de color purpura, orejas puntiagudas, un vestido blanco con chaqueta negra deslumbrante que hacían un suave ruido al moverse y un cabello morado largo.

Los monstruos aplaudieron encantados, y la fiesta continuó. Las dos hermanas y Paco bailaron, comieron dulces encantados y participaron en juegos donde los esqueletos lanzaban sus propios huesos como si fueran frisbees. En un momento, Helena se encontró hablando con una calabaza que se quejaba de haber sido mal decorada, y Paco intercambiaba bromas con un troll de aspecto tierno.

Las hermanas se inscribieron en un concurso de adivinanzas. 

Quedando en la final con la gran esfinge. Quien tenía mucho tiempo invicto, nadie le había ganado.

Vuelo en la noche sin motor ni alas, me cuelgo del techo y nunca uso sandalias. No soy ave, ni tampoco avión, pero en Halloween soy toda una sensación. ¿Quién soy? ... las Hermanas se miraron algo pensativas…. pero Sophie grito ---- El murciélago.

 la siguiente adivinanza, Tengo sombrero, escoba y poción, preparo hechizos con gran devoción. Si me ves reír, mejor corre ya, que mi risa puede hacerte flotar. ¿Quién soy? ... esta pensó un poco más, pero con una sonrisa Helena dijo una -bruja-.


La última adivinanza. Empezó la esfinge aclarándose un poco la garganta, hubo un silencio incomodo, y con su voz gutural empezó la a decir no tengo cuerpo, pero sí emoción, me escondo en rincones con gran discreción. Si me llamas, tal vez aparezca, pero cuidado… ¡que mi risa estremezca! ¿Quién soy? ...  el Silencio de la sala pareció volverse más profundo, las hermanas quedaron congeladas por un instante, sin tener ideas. pensaron hasta cual el reloj con el tiempo permitido se empezó agotar, justo en ese momento una sola idea paso la mente de ambas, ojos como platos, sonrisa de complicidad ambas gritaron al unisonó - un fantasma-.

Con esta última respuesta un bullicio se alzó en la sala, todos los monstruos gritaron de alergia. Paco empezó a tocar el tambor tan duro y ritmo de una melodía alegre que puso a bailar festejando la victoria de las hermanas.

Así entre bailes, juegos y chistes las horas pasaron en un parpadeo, y antes de que se dieran cuenta, el cielo comenzaba a clarear. Al primer rayo de sol, los monstruos empezaron a desvanecerse uno por uno, dejando el claro en silencio, Paco el pequeño títere que las acompaña en su aventura estaba en el centro de la sala inanimado, pero con la sonrisa que siempre lo caracteriza junto con peinado excéntrico. Las dos amigas se miraron, y aunque estaban agotadas, tenían una sonrisa que reflejaba lo mágico de esa noche.

Con un último destello de magia, las hermanas regresaron a sus formas humanas, pero sus disfraces ahora parecían más brillantes, como si conservaran algo de la energía de la fiesta. De regreso en casa, Helena y Sophie se prometieron que volverían el próximo año, sabiendo que habían encontrado un mundo secreto al que siempre podrían regresar.

Y así, las hermanas regresan al bosque, recordando aquella primera fiesta con los monstruos encantados, una noche mágica que se grabó en sus corazones para siempre.

Claro nunca sin olvidar a su fiel amigo y cómplice de aventura Paco.

Fin💫

LA ESTRELLA PERDIDA

La Estrella Perdida Por Hajime La primera noche de navidad donde todos los paisajes parecen sacados de un cuento y las c...